La nueva forma de gobierno se estableció cuando Abd al-Rahmân III acabó con la llamada “ficción califal”, al ordenar que en todas las mezquitas de Al-Andalus se hiciera la oración de los viernes en su nombre. Así a partir de ese momento (929), el jefe del estado Andalusí sería un califa que era jefe político y religioso al mismo tiempo.
Abd al-Rahmân III (912-961). La tarea de la reconstrucción
Cuando el emir Abd Allah murió en octubre de 912 dejó como sucesor a su nieto el joven príncipe Abd al-Rajmân de tan sólo 21 años. Éste recibió el trono inestable, con una grave situación de desgobierno. A pesar de este panorama tan negativo, él consiguió superarlo y consiguió las mayores cotas de esplendor para el estado cordobés. Ello se debió a que tuvo un largísimo reinado debido a la corta edad con la que subió al trono y le permitió realizar una política coherente durante muchos años.
· La tarea de reconstrucción del estado.
Apenas subió al trono el primer propósito consistió en restablecer la autoridad de los omeyas en todo Al-Andalus, para lo cual se inició la represión de todas las tendencias separatistas de las Marcas, territorios que consiguió hacer volver a su autoridad.
El caso que más esfuerzos requirió fu reducir a Umar ibn Hafsun, ya que éste, además del fervor de los muladíes, se había atraído también la simpatía de los mozárabes, después de que retornara al cristianismo. Conseguir este objetivo le exigió la realización de varias campañas y le favoreció bastante la muerte de Umar en 917, pues, a pesar de que la sublevación continuó después de la muerte de su caudillo y dirigida por sus hijos, ésta ya no tuvo fuerzas para resistir los embates de Córdoba.
· La política exterior.
Los reinos cristianos del norte.
Conforme fue avanzando en la tarea de recuperar el dominio de todo el territorio andalusí, pudo dedicar una mayor atención a poner freno a los avances de los incipientes reinos cristianos del norte. En esta tarea tuvo victorias muy importantes como la de Valdejnquera (920) que fue seguida por el saqueo de Pamplona. Ambas victorias elevaron notablemente su prestigio, lo que fue uno de los apoyos que le permitirían autoproclamarse califa en 929. Sin embargo, la subida al trono leonés de Ramiro II cambió la situación pues éste consiguió establecer una alianza con la reina Toda de Navarra y con Fernán González, Conde de Castilla, que sirvió para conseguir derrotar al califa en la batalla de Simancas (939) y en la posterior escaramuza de Alhandega, en donde los componentes del yund salieron en desbandada.
La situación militar respecto a los cristianos quedó un poco en tablas, siendo la gran preocupación del estado andalusí mantener a sus enemigos al norte de la línea del Duero. La situación de paz se mantuvo por las relaciones diplomáticas que Córdoba mantuvo con los diferentes estados cristianos, la muerte de Ramiro II y por el interés militar que despertaban los territorios del sur.
· El peligro fatimí.
Desde comienzos del siglo X se había producido el establecimiento en el norte de África de contingentes de la herejía ismailí, sustentados políticamente por el grupo étnico-religioso de los fatimíes, los cuales declararon constituido un califato en el año 910, ante esa medida que suponía la escisión religiosa del Islam, hubo muchos que se opusieron a la existencia de un califa hereje, pero la mayor oposición provenía de causas de tipo económico, puesto que los fatimíes controlaban las ciudades de Siyilmâsa y Tâhart que eran los puntos por donde las rutas del oro llegaban hasta el Mediterráneo.
Uno de los que se sentía perjudicado fue el estado andalusí, de ahí la política de Abd al-Rahmân III de crear una flota que fue paralela a la fundación y el crecimiento de Almería, lo cual desembocó en la realización de una serie de campañas militares que llevaron a la conquista de Melilla (927) y la de Ceuta (931). Estos sucesos también influyeron en la decisión de autoproclamarse califa para no encontrarse en inferioridad de condiciones frente a sus oponentes. Fruto de esa política fue la creación de un área de protectorado en todo el territorio situado al oeste de Argel, que se hallaba sometido a la soberanía de Abd al-Rahmân. Sin embargo al final del reinado se produjo una reacción de los fatimíes que redujo los dominios de los Omeyas españoles a Ceuta y Melilla.
Pero el norte de África continuó siendo un foco de atención de su política y de la de sus
descendientes, ya que el dominio de las rutas del oro le permitió desarrollar una política tan
costosa como la que se estaba llevando a cabo.
· Política interna
Como todos los califas Abd al-Rahmân III era un autócrata, pues en él residían los tres poderes básicos del Estado, además de ser el supremo jefe militar. Sin embargo, para hacer realidad el ejercicio de todo ese inmenso poder, necesitaba eliminar la influencia que todavía podían ejercer sobre el aparato del nuevo estado de base territorial, los restos que quedaban de la vieja organización tribal y ello se concretó en una serie de medidas:
*Potenciación de un ejército de carácter nacional cada vez más profesional y ligado directamente al soberano, en el que entraron nuevos contingentes beréberes.
*Desarrollo de la guardia personal del monarca, que estaba integrada por esclavos y extranjeros, generalmente de origen europeo que recibían el nombre de “esclavos” o saqualiba, con ellos lo que se pretendía era construir un auténtico escudo de su persona, absolutamente blindado ante cualquier intento de conjura. Como esta medida no era nueva, muchos de ellos habían alcanzado la libertad y habían pasado a ocupar puestos importantes en la administración, por esta razón el grupo de esclavos tuvo mucho protagonismo cuando se produjo la caída y desaparición del Califato.
*Se acrecentó una burocracia especializada, integrada por diferentes diwan o ministerios, todos ellos dirigidos por burócratas de su confianza que no siempre pertenecían a la aristocracia árabe. Así mismo se perfeccionó la administración territorial por medio de la articulación de la tierra en coras (kura, plural kuwar) y “marcas”.
*Pero la medida más espectacular fu su autonombramiento como califa, según el cual en todas las mezquitas se haría la oración oficial de los viernes y todos los funcionarios debían encabezar los documentos con su nombre, su título de Amir al-Muninium y su laqab o sobrenombre que solamente llevaban los califas, que en su caso fue el de al-Nâsir li-dîn Allah que quiere decir “el combatiente por la religión de Allah”. Parece ser que esta determinación la tomó como una acción defensiva frente a los fatimíes. Estos pretendían unificar al Islam bajo su mando, lo cual resultaba mucho más peligroso que el debilitado califato abbasí de Bagdad.
Finalmente hay que resaltar que fue un gran rey constructor que continuó la tarea de hacer de Córdoba la ciudad más importante de Europa y una de las más importantes del Mediterráneo en competencia con Damasco, Constantinopla o Alejandría. En el año 936 se inició la construcción de Madînat al-Zahrâ que pasó a ser la residencia califal, por ello contaba con varios palacios, pero era también una ciudad palatina, cabeza de la administración, para lo cual contaba con oficinas, mezquitas, talleres, etc.
Al-Hakam II (951-976). El esplendor cultural.
Subió al trono después de la muerte de su padre cuando ya tenía cuarenta años y fue su etapa de gobierno el momento de mayor esplendor cultural de toda la historia de Al-Andalus.
· La política exterior.
Este monarca también fue un gran hombre de estado, quizás porque contó con los colaboradores que rodeaban a su padre, pero lo cierto es que la figura del sabio ha oscurecido siempre a la del político.
Con respecto a los reinos cristianos del norte se mantuvo la misma política que en la etapa anterior, procurando que no sobrepasaran la línea del Duero. Esta línea de actuación le fue facilitada por los enfrenamientos internos que aquejaban al reino de León.
En el norte de África las campañas victoriosas de su general Gâlib permitieron al estado cordobés establecer un protectorado sobre Marruecos, aunque en realidad lo que le favoreció fue el desplazamiento del corazón del estado fatimí hacia Egipto y el desinterés por el norte de África.
Como un hecho negativo de su reinado están los ataques de los normandos, especialmente los de las costas de Lisboa (966), pero fueron rechazados con bastante éxito.
También se desarrolló una gran actividad diplomática, pues fueron frecuentes las embajadas, no sólo de los reinos del norte peninsular, sino también del Imperio Bizantino y del Sacro Imperio Romano Germánico.
· La política interna.
Destacan en este aspecto diversas actuaciones de carácter cultural y artístico:
En su reinado se construyeron las partes más bellas de la mezquita aljama de Córdoba (el Mihrab y la maxura). Poseía una de las bibliotecas más importantes de la época y por supuesto la mayor de Europa, ello hizo que en Al-Andalus, entre las capas oligárquicas, estuviera de moda poseer bibliotecas privadas, de resultas de lo cual se sabe que hubo un comercio especializado de libros.
Tomó medidas de carácter cultural verdaderamente adelantadas a su tiempo, pues extendíó la enseñanza pública con carácter gratuito en provecho de las clases populares.
Posiblemente, desinteresado por la política ante el largo reinado de su padre, y dedicado a sus grandes aficiones culturales, no se preocupó por la consecución de un heredero en el momento correcto y, cuando ocurrió su muerte su hijo sólo era un niño, situación que tuvo un impacto muy negativo en la historia inmediatamente posterior.
El gobierno de Muhammad Ibn Abî’Âmir
· Hisam II y el problema de sucesión
A la muerte de Al-Hakam se planteaba un problema sucesorio importante, ya que su hijo Hisam tenía solamente once años y esta circunstancia originó que un sector de la corte pretendiera que fuera designado como califa un hermano de Al-Hakam que podía dar más garantías de seguridad al trono, mientras que había otro grupo en el que se hallaba la reina viuda Subh y Muhammad Ibn Abî Àmir que defendían los posibles derechos del hijo del califa muerto.
· La carrera de Muhammad Ibn Abî Àmir
Este individuo tiene un pasado no muy claro, pues pertenecía a una familia de tipo medio que quiso hacer de él un funcionario de la judicatura, por eso fue en ese medio en donde parece que empezó su formación. Pronto se introdujo en la corte, empezando por los escalones más bajos del servicio palatino, hasta conseguir un puesto que le permitió iniciar una ascensión imparable que comenzó cuando en 967 fue nombrado administrador de los bienes del primogénito de la primera dama Subh. Él supo ganarse la voluntad de esta mujer mediante regalos y halagos y, parece ser, que también tuvo su importancia su atractivo personal. De esa forma acumuló cada vez cargos más importantes hasta conseguir el de tutor del califa-niño, el cual nunca llegó a ejercer el poder que le correspondía, pues pasó de ser un niño tutelado a ser un ilustre prisionero en la cárcel de oro de Madînat al-Zahrâ.
· El tiempo de regente
En los primeros cinco años del califato de su protegido él procuró asegurar su posición: acrecentando su poder y eliminando a sus enemigos (entre los que se encontraron el hâyid, al-Mushafî, el cual había sido su protector durante sus primeros años en la corte, y el viejo general Gâlib que era su suegro). Para conseguir ambas metas y que sus enemigos no pudieran con él: organizó campañas anuales de castigo contra los cristianos, se mostraba como un buen musulmán fiel a la ortodoxia, se apoyó en los beréberes que constituían el núcleo fundamental de su ejército y adoptaba medidas populistas.
· El nuevo Hâyib
En el año 978 fue nombrado Hayib o primer ministro, pero él aprovechó la ocasión para mantener al califa como un prisionero ilustre en Madinat al Zahrâ, mientras que él usurpaba sus funciones.
· Política interna
Para reforzar su libertad en el ejercicio del poder construyó en Córdoba una nueva ciudad administrativa que se llamó Madinat al-Zahîra, que era desde donde se gobernaba, en tanto que la ciudad palatina construida por Abd al.Rahmân III quedó como espacio residencial del Califa que no ejercía como tal.
En el año 981 tomó un laqab, cosa que solamente le estaba permitido a los califas, pero él pasó a llamarse Muhammad Ibn Abî Àmir //al Mansur bi-l-lah// que quiere decir “el victorioso por Dios”, de donde derivaría el nombre con que le conocieron los cristianos, Al-Mansur o Almanzor. Su sistema de gobierno en realidad fue una dictadura militar, basada en la existencia de un potente ejército, integrado básicamente por beréberes.
Con el fin de que los alfaquíes resultaran adictos a su persona, hizo una selección de las obras paganas que se contenían en la biblioteca de Al-Hakan y las quemó en una hoguera pública. También realizó la ampliación más extensa de la mezquita aljama, lo cual es un indicativo del crecimiento de la ciudad.
Para mantener adicto al pueblo decretó una serie de medidas demagógicas, como rebajar el precio de algunos productos de primera necesidad, pues estas disposiciones no siempre estaban de acuerdo con la realidad económica de aquel momento.
· Política exterior
Su política exterior se centró básicamente en la organización de campañas hostiles frente a los reinos cristianos del norte. Estas no tenían ninguna finalidad de apropiarse de territorios, sino la de producir daño y, consiguientemente, aterrorizar a la población contra la que se dirigían.
Así pues, cada año, al llegar la primavera y algunas veces también en el otoño, las huestes cordobesas emprendían su camino de saqueo y destrucción. Las principales acometidas fueron las siguientes: en el 985 se produjo el saqueo de Barcelona; en 987 arrasó Coimbra; el 988 destruyó el monasterio de Sahagún; en el 997 fue la campaña contra Santiago a la que castigó muy duramente, solamente dejó intacta la tumba del Apóstol, aunque de su basílica se llevó las campanas que pasaron a ser lámparas de la mezquita de Córdoba; en el 999 fue la campaña contra Pamplona y, finalmente en 1002 llevó a cabo la destrucción del Monasterio de S. Millán de la Cogolla. Pero al regreso de esta campaña murió por tierras de Medinaceli.
Estas expediciones supusieron un cambio importante en las relaciones entre Al-Andalus y los reinos cristianos. Hasta entonces los aceifas de los musulmanes hacia el norte habían sido acciones de respuesta ante sus intentos de expansión, pero las campañas amiríes no eran reacciones más o menos justificadas por los avances de los enemigos, sino que fueron auténticos ataques cargados de una dureza inusitada. Esta forma de actuar tuvo unas consecuencias totalmente negativas para Al-Andalus, que se manifestó como el enemigo común de la cristiandad hispana. Es el momento en que se forjó el concepto del “otro” o enemigo irreconciliable frente a los musulmanes.
· Los proyectos de al-Mansur y su final
Dentro de sus proyectos se hallaba el vincular el ejercicio del poder a su familia creando una dinastía propia, la de los amiríes, que suplantaría a la de los omeyas, cuyo último representante seguía prisionero en Córdoba. Sin embargo, a pesar de las medidas que tomó en ese sentido, sus objetivos no se cumplieron, pues su linaje no se perpetuó en el poder más de siete años, abriéndose después un periodo de guerra civil, la fitna, que llevaría a la destrucción del Califato.
Las razones por las que esto ocurrió así son diversas. Él despreció a la vieja aristocracia árabe, lo cual tuvo como consecuencia que los mantuviera alejados de la actividad política y de la carrera militar, anteponiendo los beréberes al viejo yund. Por otra parte, su política, especialmente su política bélica, resultó muy cara, lo que obligó a ejercer una presión fiscal bastante notable que dejó descontentos a todos los estratos de la sociedad.
La crisis y desaparición del califato.
A la muerte de al-Mansur parecía que sus planes de futuro iban a cumplirse, ya que sus descendientes intentaron continuar las líneas directrices de su política. Sin embargo, ellos no poseían la capacidad de anular a sus propios enemigos que él tenía, con lo cual la “dinastía amirí” acabó rápidamente, abriéndose el trágico periodo de la guerra civil que hizo desaparecer el Califato.
El gobierno de los amiríes
El mayor de los hijos de al-Mansur se hizo rápidamente con el poder una vez que se supo de la muerte de su padre. Abd al Mâlik (1002-1008) fue aceptado por el califa y continuó las líneas directrices de su padre, destacando el apoyo de lo beréberes del ejército y la continuación de las aceifas indiscriminadas contra los reinos cristianos. Sin embargo murió prematuramente y las personas de su cercanía familiar (su madre) esparcieron el rumor de que había sido envenenado.
El segundo de sus descendientes fue Abd al-Rahmân (1008-1009), apodado Sanyul o Sanchuelo. Este, como el califa Hisan no tenía hijos varones, obtuvo la designación como sucesor, con lo cual pretendió unir las dos dinastías, la de los Omeyas y la de los Amiríes. Tal osadía puso en pie de guerra a la aristocracia Omeya que además se apoyaron en los recelos y el descontento de la familia de su hermano Abd al Malik que sospechaban que él hubiera estado implicado en su asesinato. El resultado fue que cuando Sanchuelo emprendió una campaña militar casi suicida (en pleno invierno se dirigió hacia león), se produjo una sublevación en Córdoba que obligó al Califa Hisan a abdicar en un príncipe de su familia, Muhammad al Mahdî (era biznieto de Abd al-Rahmân III), este, apoyado por el pueblo de la capital, atacó y destruyó Madinat al-Zahîra, símbolo del poder de los amiríes. Entre tanto, Sanchuelo, enterado de la nueva situación, intentó regresar, pero sus tropas lo fueron abandonando y el fue asesinado cuando casi estaba llegando a Córdoba.
La fitna
La desaparición de los amiríes podía haber despejado la situación política, pero el drama era que ninguno de los grupos contendientes tenía la suficiente fuerza para imponerse. Los principales elementos en la contienda eran: la vieja aristocracia árabe en la cual se distinguían las distintas ramas del clan omeya; los “esclavos” antiguos integrantes de la guardia personal del emir o el califa que habían ascendido vertiginosamente en el campo de la administración o el ejército; y los jefes beréberes que tenían la base de su fuerza en el grueso de los mercenarios del ejército.
Ante la política de desgobierno de Muhammad al-Mahdî, los esclavos restablecieron en el poder a Hisam II (2ª fase de su reinado 1010-1013), pero los beréberes no lo aceptaron y pusieron sitio a Córdoba. El califa tuvo que subastar los restos de la biblioteca de al-Hakam II para poder pagar los gastos de la guerra. A pesar de este esfuerzo la ciudad cayó y los norteafricanos pusieron en el trono a otro príncipe Omeya, el poeta Sulayman al-Mustain, en tanto que Hisam fue asesinado.
El nuevo califa pagó a sus partidarios norteafricanos entregándoles las provincias de Elvira, Faths al-Ballut, Jaén, Medina Sidonia y Ceuta, que le fue entregada al grupo dirigido por Alî b. Hammûd.
Como la situación de desgobierno continuó, este jefe beréber desembarcó en Málaga y se proclamó califa con capital en Málaga, iniciando la dinastía de los Hammudíes, puesto que a él le sucedieron algunos de sus hermanos, dándose un periodo de cierta tranquilidad.
Los Omeyas no aceptaron este orden de cosas y, desde Córdoba iniciaron de nuevo la guerra, con lo que se volvió a la situación de anarquía anterior, pues había un califa Omeya en Córdoba y un califa Hammudí en Málaga. Aunque desde Córdoba se intentó, una vez más reinstaurar el Califato Omeya, pero no se consiguió. Entonces (1031) un grupo de notables de la capital declararon abolida la institución del califato, sustituyéndolo por un consejo de notables o república. Poniéndose fin de esta manera la periodo de mayor esplendor del estado andalusí.
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