1. Las invasiones de los pueblos germánicos
Al igual que los restantes territorios del Imperio romano de Occidente, Hispania fue víctima de los pueblos denominados bárbaros, las cuales se produjeron cuando aquél se encontraba en un estado de decadencia irremediable.
En el otoño del año 409 cruzaron los Pirineos, en dirección a la península ibérica, diversos contingentes de pueblos germánicos, en concreto los suevos, los vándalos asdingos y los vándalos silingos, a los cuales se habían sumado algunas bandas de alanos, un pueblo de origen asiático.
Son las llamadas grandes invasiones, que sin duda se vieron favorecidas por las luchas civiles que había en Roma en esos años. El cronista Hidacio nos ha transmitido un cuadro borrascoso de las citadas invasiones, en las que se dieron cita, junto a la ferocidad de los “bárbaros”, el hambre y la peste. Durante cerca de dos años los invasores saquearon Hispania. Se ha supuesto, aunque sin suficiente fundamento, que los bárbaros llegaron a un pacto con Roma para su establecimiento en el solar hispano. Lo que sí está comprobado es que en un momento dado se produjo entre los invasores una especie de reparto de zonas de influencia. Los suevos y los vándalos asdingos se asentaron en Gallaecia, los alanos en la Cartaginense y la Lusitania y los vándalos silingos en la Bética. No se sabe, en cambio, de ninguno que se estableciera en la Tarraconense.
2. Las primeras incursiones de los visigodos en la Península
Poco tiempo después hicieron su aparición en Hispania los visigodos. A raiz del pacto suscrito en el año 416 por su rey Valia con el emperador romano Constancio, los visigodos llegaron a la península ibérica para luchar contra los otros pueblos bárbaros que se habían asentado en ella. ¿Fueron los visigodos los causantes de la aniquilación de alanos y de vándalos silingos? Así se ha admitido tradicionalmente. Pero hoy se piensa que acaso lo que se produjo fue simplemente una asimilación de los pueblos citados, sin duda derrotados y dispersos, por los otros germanos, los suevos y vándalos asdingos. En cualquier caso, la presencia de los visigodos en la península ibérica a comienzos del siglo V fue fugaz, pues el año 418 firmaron un nuevo pacto con Roma, en virtud del cual pasaron al sur de las Galias.
3. La difícil convivencia de los germanos
En los años siguientes se modificó la distribución de los germanos afincados en Hispania. La pugna entre los suevos y los vándalos asdingos motivó la marcha de estos últimos hacia el sur de la península, en expediciones victoriosas y devastadoras. El año 429, no obstante, el rey de los vándalos asdingos, Genserico, pasó con su pueblo al norte de África, en donde fundó un reino, que pervivió hasta mediados del siglo VI. En consecuencia los suevos eran el único pueblo germánico que permanecía en la Península. Fijar el número de suevos establecidos en la Gallaecia es de todo punto imposible, por más que se haya hablado de unos 100.000. Todo parece indicar que hubo una fusión temprana de los suevos con los godos.
En el año 476, fecha de la deposición del último emperador romano de Occidente, sólo había en Hispania un pueblo germánico sólidamente asentado, los suevos, creadores de un reino que se extendía por el territorio de la antigua provincia romana de Gallaecia. El resto de la península ibérica era prácticamente tierra de nadie, pues ningún poder concreto había sustituido al dejado por Roma. Sólo escapaba a esa situación el territorio de los vascones que, de hecho, conservaban su independencia. Ese vacío de poder terminó siendo ocupado por los visigodos, protagonistas de una emigración que les llevó, en el transcurso de varias décadas, del sur de las Galias a la Meseta central, o dicho en términos políticos, de Tolosa a Toledo, convertido desde mediados del siglo VI en el centro vital de su reino.
4. Los visigodos. El reino de Tolosa.
Desde el 415 hasta el 418, bajo el mando de Valia, los visigodos ampliaron su dominio territorial anexionando gran parte de Hispania y el sur de la Galia y establecieron su capital en Toulouse. A Valia le sucedió el hijo de Alarico, Teodorico I, el cual murió combatiendo, como aliado de Roma, contra los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos.
Uno de los más destacados reyes visigodos de la península Ibérica fue el hijo de Teodorico I, Eurico, quien reinó desde el 466 hasta el 484. Bajo el gobierno de Eurico, que había declarado su independencia de Roma, el reino de Tolosa (nombre castellanizado por la historiografía española para designar el Estado visigodo que tuvo su capital en la ciudad francesa de Toulouse) abarcaba una considerable extensión de la península Ibérica y gran parte de la Galia al oeste del Rin y al sur del río Loira. Eurico introdujo muchos elementos de la civilización romana y promulgó un código legal que combinaba el Derecho romano con el Derecho germánico. El reino, sin embargo, estuvo constantemente acosado tanto por problemas internos como externos. La designación del monarca era electiva y la poderosa nobleza visigoda se mostró siempre reacia a los intentos de fundar una dinastía real de carácter hereditario. En el terreno internacional, tanto el Imperio bizantino como los francos amenazaban al territorio visigodo. Con objeto de infundir una mayor lealtad entre sus rebeldes súbditos romanos y cristianos, Alarico II llevó a cabo en 506 una recopilación de leyes, conocida como el Breviario de Alarico. Un año más tarde, el rey de los francos Clodoveo I derrotó a los visigodos en la batalla de Vouillé, en la que murió Alarico II, lo que supuso la desaparición del reino de Tolosa. La mayor parte de la Provenza se separó del reino visigodo y éste quedó reducido casi en su totalidad a la península Ibérica, donde se fundó el nuevo reino visigodo con capital en Toledo.
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