La demografía.
No es posible calcular, ni siquiera aproximadamente, la cifra total de la población de al-Andalus en ninguna de las etapas de su historia. Ello se debe a que ni los historiadores árabes, ni sus geógrafos, sintieron ningún interés por la demografía, por eso apenas si transmitieron algunas noticias y éstas no permiten hacer un cálculo ni siquiera aproximado del volumen de su población. Así pues, solamente se pueden dar algunas informaciones puntuales y siempre sujetas a revisión.
Existe un punto de partida que es el tiempo de la conquista, en el cual, según la moderna historiografía, la población hispana sería de 2.5000,000 hab. Y se admite que sobre ellos se situaron 150.000 o 200.000 inmigrados, entre beréberes, árabes y sirios.
En la etapa que va desde el siglo VIII al XI, acerca de esta población sólo se puede afirmar que fue en aumento, pero no se puede saber en que porcentaje, ya que este crecimiento, solamente es observable a través de indicadores y estos no aportan cifras. El principal de estos indicadores es el crecimiento urbano, pues es un hecho comprobado que las ciudades preexistentes a la llegada de los musulmanes crecieron (se observa en la mayor longitud del perímetro de sus murallas) y que se edificaron ciudades nuevas.
La economía
La economía en al-Andalus, como la de todas las sociedades preindustriales, era esencialmente agrícola y la mayoría de sus ingresos procedían de la tierra. Sin embargo, en comparación con el grado de desarrollo de otras sociedades coetáneas, era una economía diversificada, con un importante papel del sector secundario y el de los intercambios, lo cual le ha otorgado el calificativo de mercantil. Y un hecho muy importante dentro de su panorama económico era que el centro de esa actividad estaba en las ciudades, lo cual contrastaba fuertemente con el resto de las sociedades europeas.
2.1. El papel de las ciudades.
Los musulmanes aprovecharon que a su llegada a la Península todavía existía una importante red urbana, sobre la que ellos actuaron revitalizando las viejas ciudades y creando otras nuevas, donde no las había, como es el caso de Almería. Todas ellas se configuraron como el centro rector de un territorio, cuyos recursos (agrícolas, ganaderos o mineros) se concentraban en ellas pues recogían los excedentes de sus actividades productivas por medio de un sistema de tributos y rentas. Normalmente eran centros productores de productos manufacturados a los que había que alimentar y aprovisionar de materias primas.
A pesar de sus variadas tipologías, en su aspecto físico las urbes andalusíes presentaban una serie de características comunes. Todas ellas se hallaban amuralladas por razones defensivas primero, y después por causas fiscales. Las puertas que permitían las entradas y salidas se alojaban en imponentes baluartes. Dentro del recinto urbano existían los siguiente ámbitos:
La alcazaba. Espacio amurallado de fuerte carácter defensivo, por eso ocupaba una posición acropolitana, siempre que la topografía del terreno lo permitía. En ella se hallaba la residencia de la persona que representaba el poder del Estado, monarca o gobernador, y de ahí se derivaba que se dieran en ellas ciertas funciones administrativas.
La medina. Era el corazón de la ciudad, se hallaba presidida por la mezquita aljama y, en torno a esta, se desarrollaban las funciones religioso-culturales, administrativas y comerciales
Los barrios. Eran los espacios residenciales de la población en general, aspiraban a ser un microcosmos autosuficientes, por eso además de las viviendas albergaban mezquitas con sus correspondientes escuelas, zocos, hornos, baños, etc.
Los arrabales. Por último y fuera ya de las murallas se iban formando los arrabales, que eran nuevos barrios que se iban creando a causa de la saturación del espacio urbano intramuros.
De entre todas las ciudades andalusíes destacaba Córdoba de una manera especial. De ella se decía en su época que llegó a tener 500.000 hab. Cifra exagerada a todas luces, pero reduciéndola a la mitad o incluso a solo 100.000 hab. superaba a las ciudades más importantes del resto de Europa que no llegaban ni a 10.000[1]. Tenía abundantes talleres artesanales y en sus mercados podían comprarse productos procedentes de los más lejanos lugares del mundo. Eran famosos sus mercados de esclavos, que también los había en otros lugares, y uno especializado en la venta de libros.
El sector primario.
La agricultura. Cuando se habla de la agricultura en al-Andalus se piensa en un paisaje absolutamente irreal, pues cierta historiografía ha generalizado para todo el territorio dos hechos que fueron totalmente ciertos: la intensificación del regadío y la introducción de nuevos cultivos, pero que solamente se podían aplicar a ciertas áreas.
Los cultivos.
Hay que tener en cuenta la extensión de al-Andalus para ver que en ese territorio existían una gran variedad de tierras y de regímenes climáticos y que la totalidad de ese espacio se halla incluido dentro de la Iberia seca (menos de 600 litros/año) con una sequía estival muy pronunciada. Todas estas circunstancias nos obligan a reconocer dos tipologías de cultivos:
a. Secano. En él se producía la trilogía mediterránea, aunque esos tres productos básicos no siempre se daban en todos los sitios, pues el olivo se halla limitado por las temperaturas y la vid se redujo bastante debido a la prohibición coránica de beber vino. También se daban las leguminosas y diversos cereales secundarios, como el panizo, el mijo, la escanda, etc.
b. Regadío. Esta técnica se hallaba restringida a ciertas áreas en las que era posible desarrollarla. Los cultivos que permitía eran los siguientes: los productos hortofrutícolas tradicionales a los que se añadieron una serie de plantas nuevas, como los agrios (limón, naranja), arroz (un nuevo cereal de muy altos rendimientos), textiles, como el algodón, el moral que permitía producir seda y la caña de azúcar que se había traído de la India.
La tecnología.
Los árabes fueron recogiendo todo el saber agronómico de los distintos pueblos con los que tuvieron contacto que, básicamente, recoge dos tradiciones: la persa y la grecolatina. Todos esos conocimientos se recogen en libros de agronomía, un género que comenzó con el célebre “Calendario de Córdoba” y que gozó de un notable desarrollo en épocas posteriores.
En la técnica siguieron utilizando el arado romano propio del área mediterránea y la rotación bienal. Pero el aspecto tecnológico en el que destacaron fue en los regadíos que básicamente se corresponden a dos sistemas:
a. Regadíos de derivación. Se basa en la construcción de una presa en el cauce de un río, con lo cual se consigue que el nivel del agua suba hasta alcanzar los extremos de dicha presa desde donde parten dos grandes canales que derivan el agua, por medio de una red de acequias, hasta los cultivos que se riegan por inundación.
b. Regadíos de elevación. El agua por medio de artefactos, más o menos complicados, se sube hasta niveles superiores en donde están los campos, para ello se utilizaban ruedas hidráulicas (noria), simples palancas (cigüeña), garruchas, etc.
La propiedad y sistemas de explotación de la tierra.
En principio la explotación y el régimen jurídico de la tierra fue una continuación del sistema visigótico, después el hecho de la conquista y el paulatino asentamiento de nuevos contingentes de inmigrados impuso algunos cambios. Desde los tiempos del emirato ya se detecta que existía la gran propiedad y que junto a ella coexistían, pero con mucha menor frecuencia, la mediana y pequeña propiedad.
De todas ellas de la que se tienen más noticias es de la gran propiedad, pues de ella conocemos quienes eran los grandes terratenientes y el sistema de explotación de estos grandes predios.
Los grandes propietarios fueron desde el principio los latifundistas hispanovisigodos, ej. Los descendientes de Witiza, los cuales en etapas posteriores se convirtieron al Islam, así constituyeron importantes familias como los Banu Qasi de Zaragoza (hijos de Casius); la aristocracia árabe y siria (tierras procedentes de los repartos), finalmente se hallaban los latifundios de los emires.
A pesar de que existía la esclavitud, ni la mediana ni la gran propiedad se explotaban de forma directa, sino que los propietarios entregaban el cultivo de sus tierras a campesinos que lo hacían autónomamente y que estaban ligados por medio de un contrato que respondía a diversos tipos. Éstos habían sido imitados por los árabes de los que existían en el Imperio Bizantino y son los siguientes:
a. Contrato de medianería (munasif), cuando las simientes y las cosechas se reparten al 50% entre el propietario y el campesino.
b. Contrato de aparcería (amir) cuando el colono se quedaba sólo con un tercio o incluso un cuarto de la cosecha, era el más frecuente.
c. También se daba el sistema por el cual un campesino libre se asociaba con el gran propietario, que es un sistema que tiene su origen en el sistema de encomendación, las personas que entraban por medio de este sistema recibían el nombre de sariq y su situación se fue haciendo más dura con el paso de los siglos.
La ganadería. Fue un sector de la producción que tuvo un fuerte incremento. La cabaña andalusí era esencialmente ovina, las razones se deben a que no había demasiadas praderas para criar vacas y a que su carne era menos apreciada, así es que creció el número de las ovejas porque eran más demandadas debido a los gustos culinarios y también por razones religiosas, la fiesta más celebrada del calendario musulmán es la fiesta del cordero al final del Ramadán y cada familia debe sacrificar al menos un cordero.
El animal de carga por antonomasia era la mula, siendo muy estimada las mallorquinas. Los caballos estaban reservados a la aristocracia y constituían el arma de guerra más efectiva. Ellos consiguieron, cruzando caballos de raza árabe con caballos autóctonos, la aparición del pura sangre andaluz.
Era muy importante el consumo de aves de corral, así como de palomas.
Sufrió un descenso muy importante el ganado porcino, por razones de tipo religioso y, en cambio, adquirió mucho desarrollo la apicultura.
La minería.
Se produjo una revitalización de la actividad minera, aunque no llegó a alcanzar las cotas de explotación de la etapa romana. Los lugares en los que esta actividad era importante eran los siguientes: se extraía hierro en el norte de Sevilla, en Constantina; alumbre de Niebla (Huelva), plomo en la zona de Cabra (Córdoba), oro en las cuencas del Segre, Darro y Tajo, plata en Murcia, Alhama y Hornachuelos (Códoba).
El sector secundario. La industria artesanal.
Las actividades artesanales propias de una economía urbana alcanzaron una gran desarrollo en las ciudades andalusíes.
Entre los productos artesanales hay que destacar los textiles en los que se manufacturaban fibras tradicionales, como la lana y el lino, además de otras nuevas como el algodón y la seda. Con todas ellas llegaron a conseguirse productos de gran calidad y belleza, pues se trataba de tejidos transparentes, así como de telas recamadas y bordadas.
Además se fabricaban alfombras y cueros repujados, los famosos cordobanes y guadameciles; también se reinventó la fabricación del vidrio, lo que permitió el uso de vidrieras en los edificios más importantes; se consiguió un nuevo tipo de cerámica, la vidriada de uso generalizado y la de brillos metálicos que se fabricaba en Málaga y Calatayud; por último, la producción de papel que se inició en Játiva, abarató el soporte de la escritura e hizo que el testimonio escrito se generalizara.
En cuanto a la organización del trabajo, la producción se obtenía de la actividad de pequeños talleres artesanos, cuya forma más frecuente era la tienda-obrador, cuyo personal se clasificaba en las categorías de maestro, oficial y aprendiz. Pero al lado de estos pequeños núcleos de producción se hallaban los grandes talleres estatales que abarcaban la producción de elementos estratégicos, como la construcción naval, o productos suntuarios, como los tejidos de seda.
El sector terciario. Los intercambios y la moneda.
La actividad comercial tuvo en al-Andalus un notable desarrollo, pues para ello contaba con una importante producción agrícola y artesanal que se intercambiaban en el ámbito de la ciudad, así como una red de caminos relativamente densa, herencia de las calzadas romanas.
Comercio local.
En primer lugar se distingue un comercio local y regional de corto radio, en el que se comercializaban todo tipo de productos, pero de todos, el más importante era el trigo. En los núcleos rurales este comercio se realizaba en mercados periódicos, mientras que en las ciudades se llevaba a cabo todos los días en los distintos zocos (zoco de barrio y zoco principal en al medina).
Comercio de larga distancia.
Este tipo de intercambios adquirió un gran desarrollo a partir del siglo IX. Sus principales rutas se dirigían hacia Europa por vía terrestre y marítima, para ello se aprovechaban los pasos orientales y occidentales del Pirineo, así como la vía del Ródano; la otra dirección en que se encaminaban los productos era hacia el N. De África y, desde allí, hacia el oriente del Mediterráneo.
Fruto de todo ese comercio exterior fue el gran desarrollo de Pechina que se constituyó en punto receptor y emisor de mercancías que funcionaba con tal grado de autonomía que algunos autores la han descrito como la República independiente de los marinos de Pechina. En la etapa del Califato fue sustituida por la recién creada Almería, la cual fue en ese periodo el puerto que centralizaba el comercio exterior y que se hallaba en manos de los comerciantes judíos.
Entre los productos de importación hay que distinguir los siguientes:
a. Los que provenían del norte de África. Entre los cuales se hallaban el trigo.
b. De oriente venían productos de lujo, ya que todas las manufacturas de esos lugares, además de su valor intrínseco, tenían el encanto de venir de la “patria perdida”. Eran notables las esclavas cantoras, portadoras de la tradición poética árabe.
c. De Europa venían pieles, ámbar y esclavos, especialmente esclavas rubias.
En cuanto a los productos que se exportaban desde al-Andalus hay que citar los tejidos finos de lino y lana, así como las telas de seda; el mobiliario y los cueros manufacturados; peletería ya transformada, así como orfebrería; finalmente era un apartado importante la cerámica de gran calidad.
La moneda.
Los árabes habían creado un sistema monetario a partir de los sistemas bizantino y sasánida. Se basaba en la existencia de un doble patrón: el dinar, que era una moneda de oro que imitaba el sólidus de los bizantinos, junto al dirham que era de plata que se derivaba del dracma de la Persia sasánida. Además de éstas existía una moneda de bronce que era el fals o fulus que algunos consideran derivado del fol-lis bizantino.
En la primera época de dominio musulmán había muy poca circulación monetaria, ésta se fue acrecentando en tiempos de los emires y así con Abd al-Rahman II la ceca de Córdoba funcionó como ceca autónoma. Con Abd al-Rahman III ya se había creado un sistema propio y nuevo en el que el dinar tenía cuatro gramos, el dirham era de tres gramos y los fulus que valían 1/12 de dirham.
La articulación de la sociedad.
La sociedad andalusí estaba formada por una serie de elementos que no pertenecían a una única categoría y que corresponden a cuatro criterios diferenciadores: étnico, confesional, jurídico y socioeconómico.
Atendiendo al criterio étnico, había un sustratum de población hispanorromanovisigoda que constituía la mayoría de la población, junto a ello se situaron el conjunto de los inmigrados, árabes, sirios y beréberes, y ya, más tardíamente y en menor número, estaban los “eslavos”.
Atendiendo a la religión, había dos grupos fundamentales: los musulmanes y los dimmies, que eran la gente que tenía que pagar un tributo para que se les permitiera ejercer su religión, eran cristianos y judíos.
El status jurídico de las personas ocasionaba dos grandes grupos, el de los seres libres que poseían derechos personales y públicos, y el de los esclavos o personas que carecían de ellos.
Atendiendo a categorías socioeconómicas, en una sociedad islámica no debía de haber este tipo de divisiones, pues todos los hombres que se consideraban sometidos a la voluntad de Allah formaban la umma o comunidad de los creyentes, entre los cuales no debía haber diferencias. Pero la realidad era muy distinta y por eso se puede observar la existencia de los siguientes grupos: la aristocracia que detentaba el poder y la riqueza, frente a ellos la masa del pueblo que trabajaba en multitud de actividades laborales, y una capa intermedia que se hallaba presente en las ciudades, integrada por los representantes de las profesiones liberales: los funcionarios de los escalones más bajos de la administración y los dueños de los talleres-tienda.
[1] Al-Maqqari decía que en época califal tenía 600 mezquitas, 900 baños, 60.300 mansiones, 213.077 hogares y 80.455 tiendas.
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