sábado, 8 de enero de 2011

II.- El Reino Visigodo de Toledo. Poder político e instituciones de gobierno

1.- Los tiempos difíciles.


Época caracterizada por la anarquía (549-569), coetánea de la llegada de los bizantinos a la Península ibérica.

Época de pugnas internas protagonizadas por Agila y Atanagildo, monarcas que se sucedieron en el trono. Atanagildo estableció el centro político de su reino en Toledo.


2.- La época de esplendor. Leovigildo.


Bajo su reinado se produce uno de los momentos más estables del reino visigodo. Llevó a cabo reformas tendentes a la unificación jurídica a través de la reforma del derecho visigodo conocida como Código de Leovigildo, en la que se permitían los matrimonios entre godos e hispanorromanos (penados con pena capital en el código de Alarico, con el fín de integrar a la población y contribuir a la conciencia unitaria), ley que por otra parte había perdido su fuerza según el mismo Leovigildo.

Según algunas teorías se trataría del primer código de alcance territorial en Hispania -para godos e hispanorromanos- desde la caída del Imperio Romano de Occidente. En el 572 tomó la ciudad de Córdoba que se había rebelado (algunos autores sostienen que aún no había sido dominada por los visigodos). Combatió a los bizantinos, asentados en la Bética, arrebatándoles parte de la región que controlaban. Sometió a los suevos en el año 585 (su territorio pasó a ser la sexta provincia del reino visigodo) y aunque sofocó la rebelión de los vascones, parece que no llegó a someterles. Intentó la unificación del reino bajo la fe arriana, mediante la conversión de los católicos al arrianismo, para lo que convocó un Concilio y dio una serie de facilidades a los católicos para su conversión, como la no necesidad de bautizarse de nuevo. Pero su política fracasó y al final de su reinado permitió a los desterrados por motivos religiosos regresar a su tierra. Reformó la moneda y saneó la situación financiera del reino, en crisis desde el final del reinado de su predecesor, Atanagildo.


La historia del reino hispanogodo desde Leovigildo es la de una tensión permanente entre las tendencias de la realeza y el episcopado (representante, en aquellas condiciones, de la mayoría de la población) y una aristocracia que nunca se debilitó lo suficiente ni perdió del todo sus tradiciones germánicas, si bien cada vez más degradadas. El carácter electivo de la monarquía y la "costumbre" del regicidio parecieron cambiar cuando Leovigildo fue sucedido por su hijo Recaredo y este por el suyo Liuva II.


En el 580 se produce la rebelión de su hijo mayor Hermenegildo, que se convirtió al catolicismo tras casarse con la princesa franca Ingundis. El matrimonio, que debió haber sido un nexo de unión entre ambos pueblos, se convirtió en un grave problema, ya que la princesa era católica y recibió malos tratos por parte de su abuela y suegra, Gosuinda, madrastra de Hermenegildo, para que se convirtiera al arrianismo. Ya sea para evitar problemas o como una demostración de confianza, Leovigildo envió al matrimonio a la Bética, pero Hermenegildo se sublevó a los pocos meses proclamándose rey en Sevilla. Aunque para los autores católicos Hermenegildo fue un mártir por la causa católica, no están tan claras sus intenciones y más bien parece que su rebelión fue debida a su propia ambición que a querer establecer el catolicismo en el reino.

Leovigildo, que se encontraba ocupado en su campaña contra los vascones, no reaccionó en un principio, pero en una campaña el año 582, tomó Mérida, Itálica, Sevilla y Córdoba. Hermenegildo fue apresado y desterrado a Valencia, muriendo asesinado en extrañas circunstancias en el 585 (por un visigodo de nombre Sisberto). La opinión mayoritaria fue que su padre ordenó su muerte tras no conseguir que Hermenegildo volviera al arrianismo. (Su hijo fue declarado santo mártir de la religión católica como San Hermenegildo).

Leovigildo Murió en Toledo y le sucedió su hijo menor Recaredo


3.- La unidad religiosa. Recaredo


En el 587 el rey Recaredo se convierte al catolicismo (abandonando el arrianismo), convirtiendo el catolicismo en la religión oficial y siendo a partir de entonces el jefe de la Iglesia visigoda, en el III Concilio de Toledo, convocado y presidido por el propio monarca. Es un intento de conseguir la unión definitiva entre la población visigoda, hasta entonces arriana, y la de origen hispanorromano, católica.

Antes Recaredo había tenido que negociar con los obispos arrianos y hacer frente a diversas revueltas nobiliarias. A Toledo acudieron 72 obispos, siendo los principales artífices del Concilio el obispo de Sevilla, Leandro y el abad Eutropio. El trabajo del Concilio fue muy intenso, aprobándose diversos cánones, pero el acto fundamental del mismo fue la decisión de Recaredo de abrazar los postulados de los concilios de Nicea y Calcedonia, es decir, la fe católica. A tal efecto, el monarca visigodo mostró a los asistentes “escrita en un libro por su propia mano, la disposición de su conversión y la profesión de fe de todos los obispos y del pueblo godo”, según testimonio de Juan de Bíclaro. Había concluido el período arriano de la historia del pueblo visigodo.

La conversión de Recaredo:

En la era DCXXIIII, en el año tercero del imperio de Mauricio, muerto Leovigildo, fue coronado rey su hijo Recaredo. Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su padre en costumbres, pues el padre era irreligioso y muy inclinado a la guerra; él era piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquél dilataba el imperio de su nación con el empleo de las armas, éste iba a engrandecerlo más gloriosamente con el trofeo de la fe. Desde el comienzo mismo de su reinado, Recaredo se convirtió, en efecto, a la fe católica y llevó al culto de la verdadera fe a toda la nación gótica, borrando así la mancha de un error enraizado. Seguidamente reunió un sínodo de obispos de las diferentes provincias de España y de la Galia para condenar la herejía arriana. A este concilio asistió el propio religiosísimo príncipe, y con su presencia y su suscripción confirmó sus actas. Con todos los suyos abdicó de la Perfidia que, hasta entonces, había aprendido el pueblo de los godos de las enseñanzas de Arrio, profesando que en Dios hay unidad de tres personas, que el Hijo ha sido engendrado consustancialmente por el Padre, que el Espíritu Santo procede conjuntamente del Padre y del Hijo, que ambos no tienen más que un espíritu y, por consiguiente, no son más que uno.

(Las historias de los godos, vándalos y suevos,

de Isidoro de Sevilla, ed. Cristóbal Rodríguez Alonso, León, 1975, pp. 261–263).


4.- El dominio del territorio


Tras la muerte de Recaredo accedió al trono su hijo Liuva II, pero al cabo de dos años fue eliminado por un golpe de estado, encabezado por Viterico. Se iniciaba una etapa (603-642) de gran inestabilidad, en la que las acciones violentas contra los monarcas estuvieron a la orden del día. Se ha hablado incluso del “morbo gótico del destronamiento”. El problema de fondo radicaba en la imposibilidad de conciliar los deseos del poder real, que aspiraba a heredar el estado romano, cuando ni siquiera era de carácter hereditario, y las pretensiones de la nobleza, muy poderosa desde el punto de vista económico y político.

Pero también hay que registrar en esos años algunos éxitos importantes de los reyes visigodos. Sisebuto (612-621), un hombre de gran cultura, que mantuvo estrechas relaciones con San Isidoro de Sevilla, lanzó una ofensiva victoriosa contra los bizantinos, cuyos dominios en Hispania quedaron reducidos a una estrecha zona en torno a Cartagena, aparte de las islas Baleares y Ceuta. Buen conocedor de la tradición imperial, particularmente en su versión bizantina, Sisebuto procuró intensificar el carácter sacral del poder regio. En otro orden de cosas, Sisebuto se mostró hostil a los judíos.

Suintila (621-631) obtuvo resonantes éxitos militares. No sólo sometió a los vascones, sino que puso fin a la presencia bizantina en tierras hispanas, lo que significaba que el reino visigodo abarcaba, además de Septimania, en el sur de las Galias, el conjunto de la península ibérica. Sisenando (631-636) fue coetáneo del IV Concilio de Toledo (633), en el cual se aprobó el famoso canon 75 que regulaba la sucesión real, en un vano intento de acabar con las interminables discordias que minaban la salud del reino visigodo. Esta etapa concluyó el año 642, cuando una nueva rebelión nobiliaria, dirigida en esta ocasión por Chindasvinto, acabó con el rey Tulga, que fue tonsurado y enviado a un monasterio.


5.- De la anarquía a la restauración del poder monárquico


El período comprendido entre los años 642 y 672 conoció una recuperación de la autoridad regia, a la vez que una importante obra reformadora, bajo la batuta de Chindasvinto, primero, y de su hijo Recesvinto después.

Chindasvinto (642-653), que inició su reinado a una edad muy avanzada, puso en marcha una feroz represión, en el curso de la cual fueron ajusticiados cientos de magnates. Para consolidar su poder buscó la colaboración de una nobleza adicta, a la que colmó de privilegios. Por otra parte, no perdió ocasión de intervenir en los asuntos de la Iglesia.

Recesvinto (653-672), que de hecho había asumido el gobierno cuatro años antes de la muerte de su padre, rectificó en buena medida la política de su antecesor. El VIII Concilio de Toledo, reunido el año 653, en abierta referencia a las medidas adoptadas por Chindasvinto, delimitó con toda claridad la diferencia entre los bienes personales y los propios de la corona en cuanto tal. Pero la obra más importante de Recesvinto fue la promulgación, el año 654, del Liber Iudicum. Se trataba de una codificación de las leyes del reino, concluida en época de Recesvinto aunque, al parecer, la labor se había iniciado en el reinado anterior. El Liber tendría validez en todo el territorio y sería, en adelante, el texto por el que se debían regir todos los jueces. Por lo demás, el Liber ponía fin a las barreras jurídicas que habían separado a los hisparromanos de los visigodos.


6.- La crisis final


El reino visigodo de Hispania se hundió estrepitosamente a comienzos del siglo VIII. Es más, la simple derrota del rey Rodrigo en Guadalete, el año 711, ante los invasores musulmanes procedentes del norte de África bastó para que desapareciese del mapa el edificio político erigido por los visigodos. ¿Cómo pudo producirse ese colapso? Sin duda, porque desde tiempo atrás se resentían gravemente los cimientos del reino visigodo.

Las cuatro últimas décadas de la historia del reino de Toledo conocieron una crisis aguda, visible en todos los terrenos. La peste bubónica del año 693, punto de partida de nuevos ramalazos pestilentes en los años siguientes, causó una gran mortandad. Por su parte, la situación económica empeoraba de día en día, como lo testimonian las abundantes noticias acerca de malas cosechas (fue espectacular el rigor del invierno del 683 al 684), la contracción de la actividad mercantil o la debilitación del metal precioso en las acuñaciones monetarias. Asimismo, se agudizaban las contradicciones sociales. El bandolerismo crecía, siendo una de sus fuentes nutricias los esclavos fugitivos. Pero al mismo tiempo muchos campesinos, quejosos tanto de la creciente presión fiscal como de las medidas tomadas para asegurar el reclutamiento militar, huían de sus predios. Añadamos el descontento de la comunidad judía, víctima de disposiciones progresivamente endurecidas.

Se ha hablado también de una decadencia de tipo moral, de la que serían síntomas manifiestos, por una parte el descenso de la moralidad del clero, y por otra la expansión de prácticas abortivas. ¿No se observa igualmente un retroceso de la actividad cultural, que tan altas cimas había alcanzado en la época isidoriana?

Todos estos aspectos tuvieron su traducción en el terreno político. El sucesor de Recesvinto, Wamba (672-680), tuvo que combatir de nuevo con los vascones. Pero el problema más grave con que se enfrentó fue la rebelión en Sepimania del dux Paulo, que llegó a proclamarse rey. Aunque la revuelta fue sofocada, había puesto de manifiesto la tendencia disgregadora que se observaba en el reino visigodo. Por lo demás, los intentos de Wamba de robustecer el poder regio chocaron con la oposición de la Iglesia y de los nobles. Víctima de una conjura, Wamba fue sustituido por Ervigio (680-687), que representaba la continuidad con la familia de Chindasvinto. Ervigio intentó atraerse a la Iglesia, corrigió el Liber Iudicum y legisló nuevamente contra los judíos. Pero el poder efectivo del rey era cada día menor, consecuencia de la fortaleza alcanzada por los grandes magnates. Su sucesor, Egica (687-702), emparentado con Wamba, actuó con inusitada dureza contra la nobleza indómita, procediendo a purgas y confiscaciones. El clima en que se vivía en la España visigoda a fines del siglo VII era muy tenso y las conjuras estaban a la orden del día. En parte, era la consecuencia de la protofeudalización del Estado. En los días de Witiza (702-710), hijo y sucesor de Egica, la situación se complicó por las noticias que llegaban del avance musulmán por el norte de África. Por si fuera poco, al morir Witiza se recrudeció la lucha por el poder entre dos facciones rivales, las familias de Chindasvinto y Wamba. Rodrigo (710-711), del primero de los bandos citados, fue finalmente entronizado, pero con la oposición de los descendientes de Witiza, los cuales, al parecer, proclamaron rey por su parte a Agila II. Ese clima de auténtica guerra civil en que se hallaba España visigoda fue si duda lo que facilitó la irrupción en Hispania de los musulmanes y con ello el fin del reino de Toledo.


7.- Las instituciones políticas


7.1. La monarquía

La organización política de los visigodos asentados en Hispania era la monarquía, la cual, junto a sus raíces germánicas y las influencias romanas, tenía también una fuerte impregnación eclesiástica. En cualquier caso, la monarquía visigoda no era ni absoluta ni teocrática. Al frente de la misma se hallaba el rey, jefe supremo de la comunidad, denominado habitualmente rex Gothorum, aunque también Rex Hispaniae atque Galliae. A partir de Leovigildo los atributos del monarca visigodo eran el trono, la diadema, el cetro y el manto púrpura. Se accedía al trono por elección, primero entre los miembros del linaje de los Balto, luego entre personas “de estirpe goda y de buenas costumbres”, según se lee en uno de los cánones aprobados en el VI Concilio de Toledo, aunque en realidad siempre se eligió entre nobles. Hubo intentos para hacer hereditaria la monarquía, como la asociación al trono del presunto sucesor, pero no llegaron a triunfar debido a la tenaz oposición de los magnates.

Por lo demás, la elección, aunque según la tradición se efectuaba por asamblea de los hombres libres de la comunidad visigoda, de facto era monopolizada por los magnates y los prelados. Los poderes del rey eran muy amplios: juez supremo, jefe máximo del ejercito, legislador, encargado de las relaciones exteriores, la guerra y la paz, etc. Asimismo, dirigía la administración del reino en sus diversos niveles, convocaba los concilios y ostentaba diversas regalías, como la acuñación de moneda y la posesión de los bienes vacantes.

Gran importancia tenía, por otra parte, la unción regia, se trataba de un acto cuya fuente de inspiración se encontraba en el Antiguo Testamento.

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