domingo, 9 de enero de 2011

IV.- Al-Andalus. La organización de la conquista y las bases de la convivencia

Toda conquista supone para los vencedores tener que elegir entre dos soluciones que marcan una clara disyuntiva: la eliminación de los vencidos que serían sustituidos por una población nueva o, por el contrario, la convivencia con los indígenas. La solución que se dio en al-Andalus vino determinada por un hecho fundamental que ha sido subrayado por Chalmeta y es que las tierras de Hispania no fueron sometidas por la fuerza de las armas, sino que capitularon y ello determinó el carácter recaudatorio fundamental que se le dio a la conquista, al menos en los primeros tiempos.


-El marcado carácter recaudatorio de la conquista de Hispania


Las primeras expediciones no pretendieron conseguir una expansión territorial, sino que se originaron en mayor medida por el deseo de aumentar los ingresos. Por eso el aspecto recaudatorio era la función esencial de los gobernadores y es la que aparece siempre estipulada en los tratados de capitulación.


A esta concepción de la conquista contribuyeron distintos factores:

a) Demográficos, ya que la población árabo-beréber del siglo VIII no parece haber pasado de un 5% o 7% del total de los habitantes de la Península y hubiera sido económicamente ruinosa la eliminación de la población laboral autóctona.

b) Político-estratégico, pues Hispania no se consideró una meta, sino que era el lugar de paso para la expansión por Europa.


Las capitulaciones


Todas estas razones hicieron que los conquistadores prefirieran la ocupación pacífica, deseo que se vio favorecido por la actitud de no resistencia adoptada por la población indígena, con lo cual el territorio se ocupó mediante capitulaciones. Las crónicas nos dan noticias de muchas de ellas: las de Sevilla, Écija, Toledo, etc. Pero solamente se ha conservado el texto de las de Tudmir y un resumen de las de Mérida. Del análisis de estos dos textos se han deducido las características generales de estos tratados que son las siguientes: a cambio de un doble tributo en metálico y en especie, entregado por los hispanos, los conquistadores se comprometían a conservar las estructuras político-administrativas, jurídicas y religiosas.


-El asentamiento de los inmigrados


El asentamiento de los recién llegados se llevó a cabo sin demasiadas fricciones con la población autóctona y ello se debió a diversos factores:

a) La actitud respecto a la tierra que tuvieron los invasores

b) La forma concreta de llevar a cabo los asentamientos

c) La coyuntura demográfica que se vivía en la Península.

En las narraciones árabes que nos han llegado de la conquista, siempre se habla del botín conseguido, pero no de tierras. También se observa que el interés por la tierra que vendría después será distinto según se trate de grupos de árabes u orientales o de beréberes, pues estos últimos presentaban una marcada tendencia a establecerse como pobladores, en tanto que los otros se consideraban expedicionarios que querían regresar a su país de origen en cuanto terminasen las campañas.

Por otra parte, el asentamiento de unos y otros se hizo de manera dispersa, porque aquí no se llevó a cabo una política de crear asentamientos concentrados, como se hizo en las ciudades-campamentos de Egipto (el Fustat= El Cairo) o de Irak.

Finalmente este tipo de asentamiento se vio favorecido por la coyuntura demográfica que en esos años presentaba una situación de contracción. Ello permitió la existencia de una serie de espacios libres que facilitó el establecimiento de nuevos contingentes de población, sin que se produjeran tensiones con la población preexistente.


-La islamización


La transformación de Hispania en al-Andalus supuso en primer lugar un cambio político pero fue seguido de otros procesos de transformación: un cambio lingüístico, la arabización, y una transformación de carácter religioso, la islamización.

El paso del cristianismo al Islam era un cambio muy importante, porque este hecho no sólo afectaba a la intimidad de la persona en el ámbito de la creencia, sino que era un acto jurídico que también implicaba cambios en el estatuto personal, pues las personas, al menos teóricamente pasaban a ser miembros de pleno derecho en la comunidad musulmana, umma. Este proceso de islamización se llevó a cabo por tres canales: por la inmigración de nuevos musulmanes; por los matrimonios mixtos que hubieron de contraer los integrantes de las tropas de ocupación, lo cual suponía la islamizacion de los hijos y, finalmente, por la conversión de la población hispanorromanavisigoda.

Este proceso de conversión presenta un ritmo continuo y paulatino que se inició desde los primeros años de la conquista, especialmente en las áreas rurales, pero hasta el siglo X no se consiguió que el contingente musulmán supusiera mas del 50% de la población.



El periodo de los gobernadores. El Waliato.


Desde casi el año 711 hasta 756, fecha en la que ‘Abd al-Rahmân I se hizo dueño de Córdoba, al-Andalus era solamente una provincia del Imperio árabe o Califato de Damasco, y por eso se hallaba gobernada por un wâlî (gobernador) de aquí el nombre de Waliato con el que se conoce esta etapa.

Los walies de al-Andalus, teóricamente, dependían del gobernador de Ifriquiya, pero quien realmente los proponía, los nombraba o rechazaba era el ^yund (conjunto de tropas árabes y orientales, articuladas en grupos tribales, que se hallaban estacionadas en al-Andalus. Estos personajes eran los que realmente ostentaban el poder sobre el territorio, aunque su mandato no tenía demasiada duración, una media de algo menos de dos años y medio.


Las funciones que desempeñaban estos walíes eran las siguientes:

a) Funciones militares. Estas constituían su faceta esencial y además de dirigir a sus tropas en las diferentes campañas, también era su obligación retribuirlas mediante el reparto del botín y de los impuestos recaudados.

b) Funciones administrativas. El gobernador era el responsable de la obtención de los impuestos y esa fue la razón de una serie de tareas de carácter administrativo que pasaron a ser de su incumbencia –elaboración de censos y de catastros, conocimiento y articulación mínima del territorio, elaboración de un régimen fiscal-. También para administrar esa riqueza y poderla distribuir se hizo necesaria la acuñación de moneda.

c) Funciones judiciales. Los walíes actuaban como los jueces supremos de la comunidad musulmana.


En esa primera mitad del s.VIII que viene a coincidir con el gobierno de los walíes los problemas que aquejaron al incipiente al-Andalus fueron los siguientes: la continuación de la conquista del territorio; la solución del reparto de la tierra; los enfrentamientos entre los distintos grupos étnicos en los que se agrupaban los inmigrados (árabes contra beréberes y árabes entre sí).


La continuación de la conquista.

La proporción demográfica de los invasores junto con el proyecto expansivo hacia Europa hicieron que, a pesar de la presencia de Musa y Târiq, el dominio del territorio no fuera muy real, ya que no les había sido posible otra cosa que el control de determinados puntos estratégicos desde los que se podía ejercer un cierto dominio. Debido a ello Abd al-Azîz aunque continuó esa misma política de conquistas en Portugal (central y sur), Andalucía Oriental y el Levante, fue el que desarrolló toda una política de capitulaciones que permitían abarcar un territorio mucho mayor para llevar a cabo sobre él una explotación fiscal sin que se tuviera un control efectivo de esas comarcas.

Fue el sucesor de Abd al-Azîz, el walí al-Hurr ibn Abd al-Rahmân (716-719), el que continuó la tarea de proseguir la conquista y así incorporó las ciudades de la costa catalana –entre ellas Barcelona- así como las de la Narbonense y Toulouse al otro lado de los Pirineos. A esta le siguió una expedición por el valle del Ródano, en el transcurso de la cual Autun, uno de los santuarios de la cristiandad franca, fue totalmente saqueada (725). La última gran correría transpirenaica se dirigió hacia el sudoeste de Francia y tuvo lugar en el waliato de Abd al-Rahmân al –Gâfiqî, cuando los musulmanes corrieron Gascuña y Aquitania, siendo derrotados por Carlos Martel, “Mayordomo de Palacio” de los llamados “reyes holgazanes”, en la llamada Batalla de Poitiers (732), en la cual murió el propio walí.


Los intentos de recuperación de las tierras por el estado.

Respecto a la posesión de la tierra existía una doctrina jurídica que se había ido configurando a lo largo de la conquista de las regiones del Próximo Oriente por los musulmanes, según la cual las tierras y los bienes inmuebles pasarían indivisos a la comunidad islámica, de la forma siguiente:

El propietario sería el Estado (representado por el Califa), el cual había de encargarse de administrarlos de manera que redundara en beneficio de todos los componentes de la umma. Conforme los contingentes de tierra incorporados se fueron haciendo mayores y más lejanos se impuso otro punto de vista diferente entre los ejércitos conquistadores, pues ellos defendían que todos esos bienes habían de pasar a ser botín personal de los que realizaban la ocupación, abonando al califa solamente una quinta parte de ellos. El resultado de esta posición es que el Estado perdía ingresos y que los inmigrados se mostraban contrarios a que llegaran nuevos ocupantes a los territorios recién conquistados, porque habría que compartir las propiedades con más gente.

Sobre como se llevó a cabo la asignación de las tierras en la conquista de Hispania existen dos tradiciones diferentes:

· Que al producirse la invasión cada guerrero tomó lo que pudo, sin que se repartiesen formalmente las tierras, ni se reservase el quinto al califa.

· Musa repartió escrupulosamente los bienes entre sus combatientes y reservó el quinto para el califa.

Ciertamente lo que ocurrió en los primeros tiempos de la conquista, fue que las tierras ocupadas fueron muy pocas, sobre todo debido a la política de capitulaciones, y será después de que se produzca el fracaso de la penetración en Europa cuando la propiedad de la tierra adquiera su verdadera importancia.


Enfrentamientos étnico-culturales.

· Las rivalidades entre árabes

La realidad es que la conquista de la península fue protagonizada por dos contingentes demográficos que poco tenían en común, pues se hallaban de un lado los beréberes que eran los más numerosos y los que gozaban de menos poder, y del otro los árabes, realmente eran orientales, que constituían la oligarquía. Todos ellos se hallaban articulados por sus estructuras tribales, las cuales se mantenían vigentes a pesar del tiempo y la distancia, por el sentimiento de ‘asabiyya o espíritu de cuerpo.

Por todas estas razones en los tiempos del waliato fue un fenómeno frecuente los enfrentamientos entre beréberes y árabes y de estos entre sí.

Las tropas árabes que acompañaron a Musa estaban formadas por miembros de diferentes tribus, las cuales se hallaban integradas en dos grandes troncos tribales: qaisíes o mudaríes, por una parte, y kalbíes o yemeníes, por otra. Pero estas denominaciones no solamente se referían a su origen etnicotribal sino que también hacían referencia a que mantenían posiciones distintas respecto al resultado de las conquistas.

Los yemeníes consideraban a los neomusulmanes como miembros de pleno derecho de la umma, por lo tanto, a efectos jurídicos, fiscales, políticos y sociales eran iguales a ellos y no veían en su proliferación peligro alguno. En cambio los queisíes consideraban que esta asimilación de los nuevos musulmanes constituía un riesgo para sus intereses, y por eso, pretendían mantener a toda costa la situación de los primeros años del Islam, cuando los creyentes eran pocos, eran árabes y tenían todos los derechos.

Esas diferencias de opinión que estaban desgarrando la vida política en Oriente también se trasladaron a al-Andalus.

· La sublevación beréber

Los conquistadores de la Península fueron mayoritariamente beréberes, por eso tuvieron el mayor porcentaje de los primeros botines, ello despertó el recelo de los componentes árabes de esos primeros ejércitos, por eso, a partir del momento en que desapareció de la escena política Târiq, no hay noticias de participación en los puesto de mando por parte de los beréberes, ya que no fueron generales, ni walíes. Esta política de inspiración qaisí no era exclusiva de la Península, sino que se hallaba presente en todo el imperio y dio lugar a un fuerte descontento en el norte de África, en donde una política fiscal desacertada por parte de su walí desencadenó la sublevación de la población autóctona.

Pronto llegaron aquí las noticias de ese levantamiento y los beréberes de al- Andalus que ocupaban las áreas montañosas del sur y grandes zonas del norte, comenzaron a reagruparse. Ante estos movimientos, el walí de al-Andalus, ‘Abd al-Malik ibn Qatan reunió en Córdoba (740) a todas las fuerzas árabes, las cuales resultaron impotentes para rechazar a los beréberes. Ante esa situación de peligro Ibn Qatan llamó a un yund de tropas sirias (7000 hombres), mandado por Baly Ibn Bisr, que se hallaban situadas en Ceuta por los acontecimientos del Mogred. Con este refuerzo se dominó la sublevación beréber, después de una durísima represión.

Como Ibn Qatan no cumplió las promesas hechas a los sirios, se originó su descontento, que los llevó a sitiar Córdoba, deponer al walí y colocar en su lugar a su jefe, Baly. Entre tanto la población Andalusí, según fueran de tendencia qaisí o yemení, apoyaban a unos o a otros. El final de esta situación de caos llegó cuando desde Damasco mandaron un walí nuevo Abû-l-Jattâr, que estableció a los sirios en una serie de zonas del sur: Elvira, Rayya (Málaga), Sidonia (Cádiz), Sevilla, Jaén, Tudmir (Murcia) y Beja. Allí se les concedieron tierras y una parte de los impuestos que recaudaban a los cristianos de esas regiones.

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