viernes, 14 de enero de 2011

IX.- El reino asturleonés y los núcleos de resistencia de los Pirineos (s.VIII-X).

El territorio de la Cordillera Cantábrica y los Pirineos quedó al margen del dominio musulmán. Allí vivían unos pueblos que habían conservado unas estructuras organizativas arcaicas de tipo gentilicio y que apenas si habían recibido influencias de los romanos y de los visigodos. Esa situación era bastante ostensible entre los cántabros, vascones e hispani, que era la denominación que las fuentes francas coetáneas utilizaban para referirse a los habitantes de la zona pirenaica oriental.

Estos territorios fueron el escenario del nacimiento de los núcleos cristianos de resistencia de la Península. En la zona cantábrica surgió el reino astur, producto de la unión de los habitantes de la zona y los nobles visigodos que habían buscado refugio en aquellas montañas. La existencia de una extensa “tierra de nadie” en la cuenca del Duero posibilitó la expansión del reino astur a lo largo del siglo IX y en las primeras décadas del siglo X. Este naciente estado se consideró el heredero del estado visigodo.

En la región pirenaica estuvieron muy presentes los carolingios, interesados en proteger el flanco sur de sus dominios. A pesar de ello en los Pirineos occidentales se constituyó un núcleo independiente, el reino de Pamplona. En la zona central surgió el condado de Aragón estrechamente dependiente de los francos. Por último la zona nororiental de la península se convirtió en la Marca Hispánica, territorio fronterizo del Imperio carolingio.


El reino asturleonés y el condado de Castilla


Los orígenes


El origen de la resistencia contra los musulmanes en esta zona ha de ser puesto en relación con la existencia de pueblos montañeses, cántabros y astures, y la presencia de elementos visigodos emigrados o no. Las Crónicas del siglo IX aluden a una cierta alianza entre visigodos y astures que permitió a Pelayo, noble de origen visigodo, hacerse con el poder. Puede que en el fondo se tratase de una simple imposición de la minoría culta de inmigrados, ideológicamente mejor preparada, sobre la mayoría indígena, sometida a partir de ese momento a un proceso demasiado rápido de transformación de sus estructuras sociales tradicionales. Simultáneamente y como resultado de la alianza entre Pelayo y el duque Pedro, representante del elemento cántabro, nació el primer núcleo cristiano, el reino de Asturias. Un éxito militar, sobre cuya importancia real sabemos muy poco, la batalla de Covadonga (722), permitió librar al territorio de las fuerzas musulmanas de ocupación.


La marcha hacia las tierras llanas


Alfonso I (739-757), yerno de Pelayo, fue el primer rey importante del núcleo de resistencia surgido en las montañas de Asturias. Incorporó el ámbito gallego a sus territorios y realizó diversas correrías por el Valle del Duero buscando la destrucción de la línea de fortificaciones que existían en el pie de monte de la cordillera cantábrica. Crónicas posteriores dijeron de él que “yermó los campos llamados góticos”, afirmando que llevó consigo a tierras astures a los cristianos que encontró establecidos en la Meseta.

Después de unos años oscuros el núcleo astur cobró gran vitalidad con Alfonso II el Casto (791-842). Trasladó la corte a Oviedo, desde Cangas de Onís que es donde se había establecido en principio. Pero su labor principal fue la restauración de la tradición visigótica, a la que convirtió en núcleo vertebrador de su reino. Este hecho se plasmó en medidas como el dar validez al Liber Iudicum o la reorganización del Palatium, elemento central de la corte. Por otra parte en la época de Alfonso II se inició la repoblación de la Cuenca del Duero, a base de iniciativas privadas que generaron el asentamiento de colonos en el borde meridional de la Cordillera Cantábrica. También data de su reinado el descubrimiento en Galicia de los supuestos restos del apóstol Santiago.


La colonización de la Meseta del Duero


Las desavenencias internas en al-Andalus fueron aprovechadas por Ordoño I (850-866), en cuyo reinado los astures efectuaron un gran avance por las llanuras del Duero. Hechos importantes de la actividad repobladora, que adquirió desde entonces un carácter oficial, fueron la colonización de Tuy (854), la de Astorga (854), y la de León (856) en la que participaron gentes de la Cordillera Cantábrica y mozárabes. Inmediatamente se ordenó rehacer las murallas de León, al tiempo que se restauraba su sede episcopal y se instalaba el palacio real en las antiguas termas.

No obstante, la máxima expansión territorial del reino astur por las llanuras del Duero se produjo durante el reinado de Alfonso III el Magno (866-910). Por el oeste el progreso repoblador fue espectacular, colonizándose Oporto (868) e incluso Coimbra (878). Unos años más tarde el conde castellano Diego Rodríguez fundó varias poblaciones, entre ellas Burgos (884). Pero la culminación de dicho proceso fue la llegada a la línea del Duero, acontecimiento que tuvo lugar antes de que concluyera el siglo IX, con la fundación de Zamora (893), Simancas (899), Toro (900). En los últimos años de su reinado, Alfonso III fue designado en algunos diplomas como “emperador”, sin embargo parece ser que este título, en ese momento, no tenía otro significado que el de ejercer el mando en un territorio.

En tiempos de García I (910-914), a quien se debe el traslado de la capital del reino a León, los condes castellanos también consiguieron llegar a la línea del Duero. Sin embargo en el reinado de sus sucesores surgieron fuertes tensiones internas en el reino asturleonés, al tiempo que se registraba un periodo de auge de al-Andalus, era el reinado de Abd al-Rahman III, que inflingió graves derrotas a los cristianos, la más importante la de Valdejunquera (920).

A pesar de estas circunstancias Ramiro II (931-951) consiguió reaccionar y obtuvo sobre los musulmanes la resonante victoria de Simancas (939). A raíz de aquel éxito se inició la repoblación del valle de Tormes, colonizándose Salamanca (941) y otras plazas.

Desde mediados del siglo X el reino de León entró en una fase de indudable decadencia. Mientras crecían las disputas internas y las intrigas palaciegas aumentaba la dependencia de los reyes asturleoneses de los califas de Córdoba. En las últimas décadas de esta centuria Al-Mansur lanzó muy duras campañas contra los núcleos cristianos. A duras penas pudo mantenerse la línea del Duero como frontera entre la cristiandad y el Islam, pues las repoblaciones, efectuadas al sur del río después de la victoria de Simancas, quedaron prácticamente arruinadas.


El Condado de Castilla


El reino asturleonés, al comenzar el siglo X, había alcanzado una gran extensión territorial, pues abarcaba desde el Mar Cantábrico hasta el Duero y desde Galicia hasta el Alto Ebro. Las dificultades para gobernar un territorio tan amplio con unas estructuras administrativas tan rudimentarias, como eran las del momento, explican las tendencias centrífugas observadas en algunas regiones. Esa tendencia fue particularmente notoria en la zona oriental, en donde se había formado el condado de Castilla.

La primera mención de Castilla aparece en un documento del año 800, refiriéndose a una pequeña comarca situada al norte de la actual provincia de Burgos. Aquella zona, que era la parte más oriental del reino astur presentaba fuertes peculiaridades. Era una región expuesta permanentemente a las razzias cordobesas, pues los musulmanes, cuando atacaban el reino astur solían penetrar desde el Valle de Ebro. De ahí la abundancia de fortificaciones, hecho que dio nombre a la región, y su carácter fronterizo. Pero su singularidad se debía también al hecho de que la repoblación de aquel territorio fue bastante temprana y su protagonismo había correspondido a grupos de campesinos, cántabros y vascones, que eran gentes apenas romanizadas, al alejamiento de la corte, lo cual permitió a los habitantes de la zona regirse por la “costumbre” y no por el Liber Iudicum, a la menor estratificación social y a la originalidad de la lengua romance que se estaba gestando a partir del latín vulgar.

En su origen diversos condes se repartían el territorio y así aparecen las menciones de los condados de Álava, Lantarón. Burgos y Castilla propiamente dicha. A comienzos del siglo X Fernán González (927-970) formó un núcleo compacto con todos ellos que constituyó el condado de Castilla. Persona de gran habilidad política, Fernán González aprovechó la debilidad de los monarcas asturleoneses coetáneos para fortalecer su propia autoridad. Así consiguió que el condado fuera hereditario y que a su muerte pasara a sus descendientes.

La progresiva marcha de Castilla hacia la autonomía fue un proceso similar al seguido por los grandes principados territoriales del imperio carolingio, pero el vínculo formal que ligaba a los condes de Castilla con los reyes de León no desapareció. Sin embargo tras el asesinato del conde García Sánchez (1029), Castilla pasó a la órbita de Sancho III de Navarra, casado con doña Mayor, que era heredera de este territorio.


La fundación del reino de Pamplona


Los musulmanes habían ocupado el Valle del Ebro y el Prepirineo, logrando la sumisión de la aristocracia local. En la zona central del Valle del Ebro se hizo fuerte una familia de muladíes, los Banu Qasi, descendientes del conde visigodo Casio. Desde comienzos del s. VIII hasta la época de Abd al-Rahman III los Banu Qasi controlaron el gobierno de la Marca superior desde Zaragoza, su capital. Aunque en teoría eran representantes del estado cordobés en la práctica actuaron con una gran autonomía. En un principio los musulmanes controlaban los pasos pirenaicos y algunas ciudades, como Huesca o Pamplona, en las que mantenían guarniciones, pero no se aventuraban en las montañas. En ellas vivían pueblos que conservaban estructuras de tipo gentilicio y que habían manifestado en el pasado una gran resistencia a ser dominados por los estados que se habían implantado sucesivamente en la Península.


Los orígenes


La formación del reino de Pamplona o de Navarra es un hecho rodeado de gran oscuridad. Se sabe que la zona se hallaba sometida a una doble presión, la de los musulmanes y la de los francos que pretendían proteger su flanco sur. Parece ser que aprovechando esta situación los vascones de Navarra consiguieron mantener su independencia, aún a costa de pagar tributos o aceptar guarniciones en su territorio.

Entre los episodios que muestran esa pugna por la autonomía que mantuvo el núcleo de Pamplona se halla la “rota” de Roncesvalles. Cuando Abd al-Rahman I se proclamó Amir de al-Andalus los señores musulmanes de la zona del Pirineo pidieron ayuda de Carlomagno para escapar de la autoridad de Córdoba. Este se presentó en Zaragoza, pero su población se negó a que se le abrieran las puertas de la ciudad. De retirada su retaguardia fue atacada por los vascones navarros al atravesar las montañas (778), tradicionalmente se ha dicho en el paso de Roncesvalles pero hoy parece que las nuevas investigaciones indican que fue en el Valle de Echo, en este ataque murió el duque Rolando. Este hecho ha dado lugar al nacimiento del poema más importante de la épica francesa, la Chanson de Roland.

En el 779 la población vascona dio muerte al último gobernador musulmán que pertenecía a la familia de los Banu Qasi y eligieron como caudillo a un tal Belasco o Velasco, cuya familia gobernaba de hecho el sector más occidental de Navarra. Parece que este cambio político se efectuó contando con el apoyo franco, lo que supuso entrar en la órbita de Carlomagno.

Una reacción “nacionalista” encabezada por Iñigo I, apodado Arista y emparentado con los Banu Qasi, depuso a Velasco y colocó en el trono al mencionado Iñigo, por eso aparecía designado como el “Príncipe de los vacones”.

Este nuevo caudillo venció a los carolingios en la “segunda rota de Roncesvalles” (824). Esta primera dinastía Navarra se mantuvo en el poder hasta los primeros años del siglo X, en estrecha alianza con los Banu Qasi de Zaragoza.


El reino de Navarra en el siglo X


A comienzos del siglo X Sancho Garcés I (905-925), de la familia Jimena, depuso al último de los Aristas y se hizo con el poder. El nuevo monarca acabó con la tradicional ambigüedad de las relaciones de Navarra con los caudillos musulmanes de la zona, se alió con Alfonso III de Asturias y emprendió la reconquista del territorio, expandiéndose por la zona de la Rioja: Calahorra y Nájera (918). Sin embargo este proceso expansivo se vió frenado por la victoria de Abd al-Rahman III en Valdejunquera. El reinado de sus sucesores va a ser un periodo en el que lo más digno de destacar serán la intensificación de las relaciones con el reino asturleonés y la supeditación de la Reconquista a la coyuntura política que se vivía en el estado cordobés. En esta etapa García Sánchez I, se casó con Adregoto Galíndez, heredera del condado de Aragón, lo que posibilitó la unión de dicho territorio con el reino de Navarra.


El esplendor del Reino de Navarra


Una vez superadas las graves consecuencias de las desastrosas campañas de Al-Mansur contra los reinos cristianos, el hecho más importante era la creciente influencia del reino de Navarra sobre los reyes de León. El esplendor de ese pequeño estado se alcanzó con Sancho III, apodado el Mayor (1000-1035), el cual ejerció una hegemonía incuestionable sobre toda la España cristiana. Por el este incorporó a sus dominios los condados de Sobrarbe y Ribagorza, consiguiendo, así mismo, que le prestaran vasallaje algunos condes catalanes como el de Pallars. Por el oeste ganó el condado de Castilla, al heredarlo en 1029 su esposa Dª Mayor, e incluso llegó a ocupar la ciudad de León (1034).

Sancho el Mayor, por otra parte, fue un monarca europeizador, que contribuyó a la introducción en la península de usos feudales vigentes al otro lado de los Pirineos, facilitó la aplicación de la reforma cluniacense en los monasterios de su reino y potenció la ruta jacobea, importante vehículo de conexión con la Cristiandad occidental y vía de penetración de la cultura y arte europeos.


Los oscuros orígenes del condado de Aragón


En la zona central de los Pirineos se formó otro núcleo de resistencia, el condado de Aragón. Su nacimiento se ubica en la parte más abrupta de la cordillera, en los valles de Echo y Canfranc, siendo su principal núcleo de población Jaca. La dureza del territorio hizo que la débil influencia de los musulmanes desapareciera con bastante rapidez y ello permitió a los carolingios intervenir, si bien dejando jefes hispanos al frente del territorio. Esta situación se mantuvo hasta principios del siglo IX en que se hizo con el control del condado la familia de los Galíndez, con Aznar Galíndez I (809-839). Los miembros de este linaje mantuvieron el poder y hacia finales del s.IX se acercaron al reino de Navarra, aunque procuraron mantener su independencia, sin embargo el rey Navarro García Sánchez I, por su matrimonio con Andregoto Galíndez, heredera del condado, consiguió la vinculación de Aragón a Navarra.


El nordeste peninsular: de la Marca Hispánica a los condados catalanes


En el nordeste de la Península Ibérica los musulmanes habían ocupado la zona costera y el bajo Valle del Ebro, estableciendo guarniciones militares en ciudades como Barcelona, Gerona o Lérida. Las comarcas pirenaicas y el sur de las Galias, la antigua Septimania o Narbonense, fueron zona de refugio de la población indígena o hispani.


La Marca Hispánica


Desde finales del siglo VIII los carolingios decidieron intervenir militarmente con la finalidad de levantar un escudo protector por su flanco meridional, para ello contaron con la colaboración de los hispani. Fruto de esa ofensiva fue la conquista de Gerona (785) y Barcelona (801). Los territorios ganados por los carolingios fueron concedidos a condes francos o indígenas. Al conjunto se le denominó “Marca Hispanica”, expresión que aludía a su carácter de frontera militar.

La Marca Hispánica era un territorio que se extendía entre los Pirineos y el Llobregat, aglutinaba un mosaico de condados de características similares a los que existían al norte de los Pirineos y que dependían de los monarcas carolingios. De todos el más importante era el de Barcelona.


El camino hacia la unificación y la autonomía


Coincidiendo con la decadencia del Imperio Carolingio, el conde de Barcelona Vifredo (873-898) consiguió unificar en torno a sí los condados de Barcelona, Gerona, Besalú, Cerdaña, Urgel y Conflet. Así mismo, impulsó la actividad repobladora, que se canalizó hacia el territorio, semiabandonado, de la Plana de Vic y, a continuación hacia otras comarcas. De esa manera, la frontera meridional de los dominios de Vifredo se estableció a lo largo de los cursos del Llobregat, el Cardener y el Segre medio. En su tiempo los lazos de dependencia con respecto a los reyes carolingios se debilitaron enormemente, por lo que se consideró que era el realizador de la independencia de Cataluña, hoy, sin embargo, hay que contemplar este fenómeno como un hecho general dentro de la organización administrativa del imperio carolingio.

Al morir Vifredo se produjo una dispersión de sus condados y la reunificación no se alcanzó hasta la centuria siguiente.


Las dificultades del siglo X


El conde Borrell II (948-992), consiguió unificar de nuevo los condados catalanes. La actividad repobladora, aunque prosiguió lentamente en la zona sur de la frontera, se vio dificultada por la fuerza militar de al-Andalus y en particular por la ofensiva de Al-Mansur, que saqueó Barcelona en el año 985. Este conde aprovechando el fin de la dinastía carolingia que fue sustituida por los Capetos en el trono francés, dejó de prestar el homenaje que hasta entonces tenían que hacer los condes catalanes ante los reyes francos. Este acto se ha interpretado como el punto de partida de la independencia de Cataluña.

Cuando la presión musulmana se debilitó, ya en el siglo XI, la frontera meridional prosiguió su avance.

Linea temporal, del siglo VIII al siglo XIII



Video: El califato de Córdoba


WebIslam

miércoles, 12 de enero de 2011

Historia de al-Andalus - Fundación Pública Andaluza El legado andalusí

Historia de al-Andalus - Fundación Pública Andaluza El legado andalusí: "- Enviado mediante la barra Google"

VIII.- La economía y la estratificación social de al-Andalus

La demografía.

No es posible calcular, ni siquiera aproximadamente, la cifra total de la población de al-Andalus en ninguna de las etapas de su historia. Ello se debe a que ni los historiadores árabes, ni sus geógrafos, sintieron ningún interés por la demografía, por eso apenas si transmitieron algunas noticias y éstas no permiten hacer un cálculo ni siquiera aproximado del volumen de su población. Así pues, solamente se pueden dar algunas informaciones puntuales y siempre sujetas a revisión.

Existe un punto de partida que es el tiempo de la conquista, en el cual, según la moderna historiografía, la población hispana sería de 2.5000,000 hab. Y se admite que sobre ellos se situaron 150.000 o 200.000 inmigrados, entre beréberes, árabes y sirios.

En la etapa que va desde el siglo VIII al XI, acerca de esta población sólo se puede afirmar que fue en aumento, pero no se puede saber en que porcentaje, ya que este crecimiento, solamente es observable a través de indicadores y estos no aportan cifras. El principal de estos indicadores es el crecimiento urbano, pues es un hecho comprobado que las ciudades preexistentes a la llegada de los musulmanes crecieron (se observa en la mayor longitud del perímetro de sus murallas) y que se edificaron ciudades nuevas.


La economía


La economía en al-Andalus, como la de todas las sociedades preindustriales, era esencialmente agrícola y la mayoría de sus ingresos procedían de la tierra. Sin embargo, en comparación con el grado de desarrollo de otras sociedades coetáneas, era una economía diversificada, con un importante papel del sector secundario y el de los intercambios, lo cual le ha otorgado el calificativo de mercantil. Y un hecho muy importante dentro de su panorama económico era que el centro de esa actividad estaba en las ciudades, lo cual contrastaba fuertemente con el resto de las sociedades europeas.

2.1. El papel de las ciudades.

Los musulmanes aprovecharon que a su llegada a la Península todavía existía una importante red urbana, sobre la que ellos actuaron revitalizando las viejas ciudades y creando otras nuevas, donde no las había, como es el caso de Almería. Todas ellas se configuraron como el centro rector de un territorio, cuyos recursos (agrícolas, ganaderos o mineros) se concentraban en ellas pues recogían los excedentes de sus actividades productivas por medio de un sistema de tributos y rentas. Normalmente eran centros productores de productos manufacturados a los que había que alimentar y aprovisionar de materias primas.

A pesar de sus variadas tipologías, en su aspecto físico las urbes andalusíes presentaban una serie de características comunes. Todas ellas se hallaban amuralladas por razones defensivas primero, y después por causas fiscales. Las puertas que permitían las entradas y salidas se alojaban en imponentes baluartes. Dentro del recinto urbano existían los siguiente ámbitos:

La alcazaba. Espacio amurallado de fuerte carácter defensivo, por eso ocupaba una posición acropolitana, siempre que la topografía del terreno lo permitía. En ella se hallaba la residencia de la persona que representaba el poder del Estado, monarca o gobernador, y de ahí se derivaba que se dieran en ellas ciertas funciones administrativas.

La medina. Era el corazón de la ciudad, se hallaba presidida por la mezquita aljama y, en torno a esta, se desarrollaban las funciones religioso-culturales, administrativas y comerciales

Los barrios. Eran los espacios residenciales de la población en general, aspiraban a ser un microcosmos autosuficientes, por eso además de las viviendas albergaban mezquitas con sus correspondientes escuelas, zocos, hornos, baños, etc.

Los arrabales. Por último y fuera ya de las murallas se iban formando los arrabales, que eran nuevos barrios que se iban creando a causa de la saturación del espacio urbano intramuros.

De entre todas las ciudades andalusíes destacaba Córdoba de una manera especial. De ella se decía en su época que llegó a tener 500.000 hab. Cifra exagerada a todas luces, pero reduciéndola a la mitad o incluso a solo 100.000 hab. superaba a las ciudades más importantes del resto de Europa que no llegaban ni a 10.000[1]. Tenía abundantes talleres artesanales y en sus mercados podían comprarse productos procedentes de los más lejanos lugares del mundo. Eran famosos sus mercados de esclavos, que también los había en otros lugares, y uno especializado en la venta de libros.


El sector primario.


La agricultura. Cuando se habla de la agricultura en al-Andalus se piensa en un paisaje absolutamente irreal, pues cierta historiografía ha generalizado para todo el territorio dos hechos que fueron totalmente ciertos: la intensificación del regadío y la introducción de nuevos cultivos, pero que solamente se podían aplicar a ciertas áreas.

Los cultivos.

Hay que tener en cuenta la extensión de al-Andalus para ver que en ese territorio existían una gran variedad de tierras y de regímenes climáticos y que la totalidad de ese espacio se halla incluido dentro de la Iberia seca (menos de 600 litros/año) con una sequía estival muy pronunciada. Todas estas circunstancias nos obligan a reconocer dos tipologías de cultivos:

a. Secano. En él se producía la trilogía mediterránea, aunque esos tres productos básicos no siempre se daban en todos los sitios, pues el olivo se halla limitado por las temperaturas y la vid se redujo bastante debido a la prohibición coránica de beber vino. También se daban las leguminosas y diversos cereales secundarios, como el panizo, el mijo, la escanda, etc.

b. Regadío. Esta técnica se hallaba restringida a ciertas áreas en las que era posible desarrollarla. Los cultivos que permitía eran los siguientes: los productos hortofrutícolas tradicionales a los que se añadieron una serie de plantas nuevas, como los agrios (limón, naranja), arroz (un nuevo cereal de muy altos rendimientos), textiles, como el algodón, el moral que permitía producir seda y la caña de azúcar que se había traído de la India.

La tecnología.

Los árabes fueron recogiendo todo el saber agronómico de los distintos pueblos con los que tuvieron contacto que, básicamente, recoge dos tradiciones: la persa y la grecolatina. Todos esos conocimientos se recogen en libros de agronomía, un género que comenzó con el célebre “Calendario de Córdoba” y que gozó de un notable desarrollo en épocas posteriores.

En la técnica siguieron utilizando el arado romano propio del área mediterránea y la rotación bienal. Pero el aspecto tecnológico en el que destacaron fue en los regadíos que básicamente se corresponden a dos sistemas:

a. Regadíos de derivación. Se basa en la construcción de una presa en el cauce de un río, con lo cual se consigue que el nivel del agua suba hasta alcanzar los extremos de dicha presa desde donde parten dos grandes canales que derivan el agua, por medio de una red de acequias, hasta los cultivos que se riegan por inundación.

b. Regadíos de elevación. El agua por medio de artefactos, más o menos complicados, se sube hasta niveles superiores en donde están los campos, para ello se utilizaban ruedas hidráulicas (noria), simples palancas (cigüeña), garruchas, etc.

La propiedad y sistemas de explotación de la tierra.

En principio la explotación y el régimen jurídico de la tierra fue una continuación del sistema visigótico, después el hecho de la conquista y el paulatino asentamiento de nuevos contingentes de inmigrados impuso algunos cambios. Desde los tiempos del emirato ya se detecta que existía la gran propiedad y que junto a ella coexistían, pero con mucha menor frecuencia, la mediana y pequeña propiedad.

De todas ellas de la que se tienen más noticias es de la gran propiedad, pues de ella conocemos quienes eran los grandes terratenientes y el sistema de explotación de estos grandes predios.

Los grandes propietarios fueron desde el principio los latifundistas hispanovisigodos, ej. Los descendientes de Witiza, los cuales en etapas posteriores se convirtieron al Islam, así constituyeron importantes familias como los Banu Qasi de Zaragoza (hijos de Casius); la aristocracia árabe y siria (tierras procedentes de los repartos), finalmente se hallaban los latifundios de los emires.

A pesar de que existía la esclavitud, ni la mediana ni la gran propiedad se explotaban de forma directa, sino que los propietarios entregaban el cultivo de sus tierras a campesinos que lo hacían autónomamente y que estaban ligados por medio de un contrato que respondía a diversos tipos. Éstos habían sido imitados por los árabes de los que existían en el Imperio Bizantino y son los siguientes:

a. Contrato de medianería (munasif), cuando las simientes y las cosechas se reparten al 50% entre el propietario y el campesino.

b. Contrato de aparcería (amir) cuando el colono se quedaba sólo con un tercio o incluso un cuarto de la cosecha, era el más frecuente.

c. También se daba el sistema por el cual un campesino libre se asociaba con el gran propietario, que es un sistema que tiene su origen en el sistema de encomendación, las personas que entraban por medio de este sistema recibían el nombre de sariq y su situación se fue haciendo más dura con el paso de los siglos.

La ganadería. Fue un sector de la producción que tuvo un fuerte incremento. La cabaña andalusí era esencialmente ovina, las razones se deben a que no había demasiadas praderas para criar vacas y a que su carne era menos apreciada, así es que creció el número de las ovejas porque eran más demandadas debido a los gustos culinarios y también por razones religiosas, la fiesta más celebrada del calendario musulmán es la fiesta del cordero al final del Ramadán y cada familia debe sacrificar al menos un cordero.

El animal de carga por antonomasia era la mula, siendo muy estimada las mallorquinas. Los caballos estaban reservados a la aristocracia y constituían el arma de guerra más efectiva. Ellos consiguieron, cruzando caballos de raza árabe con caballos autóctonos, la aparición del pura sangre andaluz.

Era muy importante el consumo de aves de corral, así como de palomas.

Sufrió un descenso muy importante el ganado porcino, por razones de tipo religioso y, en cambio, adquirió mucho desarrollo la apicultura.

La minería.

Se produjo una revitalización de la actividad minera, aunque no llegó a alcanzar las cotas de explotación de la etapa romana. Los lugares en los que esta actividad era importante eran los siguientes: se extraía hierro en el norte de Sevilla, en Constantina; alumbre de Niebla (Huelva), plomo en la zona de Cabra (Córdoba), oro en las cuencas del Segre, Darro y Tajo, plata en Murcia, Alhama y Hornachuelos (Códoba).


El sector secundario. La industria artesanal.

Las actividades artesanales propias de una economía urbana alcanzaron una gran desarrollo en las ciudades andalusíes.

Entre los productos artesanales hay que destacar los textiles en los que se manufacturaban fibras tradicionales, como la lana y el lino, además de otras nuevas como el algodón y la seda. Con todas ellas llegaron a conseguirse productos de gran calidad y belleza, pues se trataba de tejidos transparentes, así como de telas recamadas y bordadas.

Además se fabricaban alfombras y cueros repujados, los famosos cordobanes y guadameciles; también se reinventó la fabricación del vidrio, lo que permitió el uso de vidrieras en los edificios más importantes; se consiguió un nuevo tipo de cerámica, la vidriada de uso generalizado y la de brillos metálicos que se fabricaba en Málaga y Calatayud; por último, la producción de papel que se inició en Játiva, abarató el soporte de la escritura e hizo que el testimonio escrito se generalizara.

En cuanto a la organización del trabajo, la producción se obtenía de la actividad de pequeños talleres artesanos, cuya forma más frecuente era la tienda-obrador, cuyo personal se clasificaba en las categorías de maestro, oficial y aprendiz. Pero al lado de estos pequeños núcleos de producción se hallaban los grandes talleres estatales que abarcaban la producción de elementos estratégicos, como la construcción naval, o productos suntuarios, como los tejidos de seda.


El sector terciario. Los intercambios y la moneda.

La actividad comercial tuvo en al-Andalus un notable desarrollo, pues para ello contaba con una importante producción agrícola y artesanal que se intercambiaban en el ámbito de la ciudad, así como una red de caminos relativamente densa, herencia de las calzadas romanas.

Comercio local.

En primer lugar se distingue un comercio local y regional de corto radio, en el que se comercializaban todo tipo de productos, pero de todos, el más importante era el trigo. En los núcleos rurales este comercio se realizaba en mercados periódicos, mientras que en las ciudades se llevaba a cabo todos los días en los distintos zocos (zoco de barrio y zoco principal en al medina).

Comercio de larga distancia.

Este tipo de intercambios adquirió un gran desarrollo a partir del siglo IX. Sus principales rutas se dirigían hacia Europa por vía terrestre y marítima, para ello se aprovechaban los pasos orientales y occidentales del Pirineo, así como la vía del Ródano; la otra dirección en que se encaminaban los productos era hacia el N. De África y, desde allí, hacia el oriente del Mediterráneo.

Fruto de todo ese comercio exterior fue el gran desarrollo de Pechina que se constituyó en punto receptor y emisor de mercancías que funcionaba con tal grado de autonomía que algunos autores la han descrito como la República independiente de los marinos de Pechina. En la etapa del Califato fue sustituida por la recién creada Almería, la cual fue en ese periodo el puerto que centralizaba el comercio exterior y que se hallaba en manos de los comerciantes judíos.

Entre los productos de importación hay que distinguir los siguientes:

a. Los que provenían del norte de África. Entre los cuales se hallaban el trigo.

b. De oriente venían productos de lujo, ya que todas las manufacturas de esos lugares, además de su valor intrínseco, tenían el encanto de venir de la “patria perdida”. Eran notables las esclavas cantoras, portadoras de la tradición poética árabe.

c. De Europa venían pieles, ámbar y esclavos, especialmente esclavas rubias.

En cuanto a los productos que se exportaban desde al-Andalus hay que citar los tejidos finos de lino y lana, así como las telas de seda; el mobiliario y los cueros manufacturados; peletería ya transformada, así como orfebrería; finalmente era un apartado importante la cerámica de gran calidad.

La moneda.

Los árabes habían creado un sistema monetario a partir de los sistemas bizantino y sasánida. Se basaba en la existencia de un doble patrón: el dinar, que era una moneda de oro que imitaba el sólidus de los bizantinos, junto al dirham que era de plata que se derivaba del dracma de la Persia sasánida. Además de éstas existía una moneda de bronce que era el fals o fulus que algunos consideran derivado del fol-lis bizantino.

En la primera época de dominio musulmán había muy poca circulación monetaria, ésta se fue acrecentando en tiempos de los emires y así con Abd al-Rahman II la ceca de Córdoba funcionó como ceca autónoma. Con Abd al-Rahman III ya se había creado un sistema propio y nuevo en el que el dinar tenía cuatro gramos, el dirham era de tres gramos y los fulus que valían 1/12 de dirham.


La articulación de la sociedad.

La sociedad andalusí estaba formada por una serie de elementos que no pertenecían a una única categoría y que corresponden a cuatro criterios diferenciadores: étnico, confesional, jurídico y socioeconómico.

Atendiendo al criterio étnico, había un sustratum de población hispanorromanovisigoda que constituía la mayoría de la población, junto a ello se situaron el conjunto de los inmigrados, árabes, sirios y beréberes, y ya, más tardíamente y en menor número, estaban los “eslavos”.

Atendiendo a la religión, había dos grupos fundamentales: los musulmanes y los dimmies, que eran la gente que tenía que pagar un tributo para que se les permitiera ejercer su religión, eran cristianos y judíos.

El status jurídico de las personas ocasionaba dos grandes grupos, el de los seres libres que poseían derechos personales y públicos, y el de los esclavos o personas que carecían de ellos.

Atendiendo a categorías socioeconómicas, en una sociedad islámica no debía de haber este tipo de divisiones, pues todos los hombres que se consideraban sometidos a la voluntad de Allah formaban la umma o comunidad de los creyentes, entre los cuales no debía haber diferencias. Pero la realidad era muy distinta y por eso se puede observar la existencia de los siguientes grupos: la aristocracia que detentaba el poder y la riqueza, frente a ellos la masa del pueblo que trabajaba en multitud de actividades laborales, y una capa intermedia que se hallaba presente en las ciudades, integrada por los representantes de las profesiones liberales: los funcionarios de los escalones más bajos de la administración y los dueños de los talleres-tienda.



[1] Al-Maqqari decía que en época califal tenía 600 mezquitas, 900 baños, 60.300 mansiones, 213.077 hogares y 80.455 tiendas.

domingo, 9 de enero de 2011

VII.- Poder político e instituciones de gobierno de Al-Andalus (siglos VIII –IX)

1.- El soberano.


El título. Emir o califa


El concepto islámico del Estado se fundamenta en la idea de una comunidad de carácter no sólo político, sino esencialmente religioso, en el cual el poder soberano, en cuanto corresponde a Dios mismo, recae en un Califa o Vicario (Jalifa) de Alá para el cumplimiento de la ley divina y el gobierno de la comunidad. Pero esa noción musulmana del Estado tuvo de hecho que adaptarse a la circunstancia de que en los territorios del mundo islámico se constituyesen diversas comunidades políticas independientes o Estados, cada una de ellas bajo la soberanía y el poder absoluto de un Príncipe o Emir (Amir) o de un Rey (Malik), que únicamente reconocía en el Califa su autoridad como Imam o director de la oración, e incluso regidas algunas de esas comunidades por Califas disidentes que se consideraban a sí mismos como legítimos.

Cuando en el año 756 el príncipe omeya Abd al-Rahman, fugitivo de Siria, se hizo proclamar Emir de al-Andalus y fue acatado como tal por la población del país, la España musulmana se constituyó en un Estado independiente y soberano y, para legitimar su poder político Abd al-Rahman I cuidó de hacer patente su ascendencia califal, haciendo seguir sus títulos de Amir o Príncipe y de Malik o Rey del apelativo de “Hijo de los Califas” (ibn al-jala’if). Bien significativo de los fundamentos dinásticos en que pretendía apoyar la constitución bajo su autoridad de un nuevo Estado omeya en al-Andalus. Sin embargo, Abd al-Rahman I no se tituló “Príncipe de los Creyentes” (Amir al-mu’minim), respetando en cierto modo la ficción de la supremacía del Califato sobre toda la comunidad islámica y solo más de un siglo y medio después, el año 929, su descendiente Abd al-Rahman III hizo del Estado cordobés, fundado por su antepasado, la sede de un nuevo Califato omeya en Occidente al tomar los títulos de Califa y de Príncipe de los Creyentes.

Abd al-Rahman III adoptó también una denominación honorífica (laqab), al modo de las que venían usando los Califas abasíes y fatimíes, y añadió a su nombre el de al-Nasir li-din Allah (el que combate victoriosamente por la religión de Alá), costumbre ésta que siguieron luego todos sus sucesores y que fue siempre entre los príncipes hispanomusulmanes una manifestación expresa de soberanía.


Las funciones del monarca


El estado cordobés se fundamentó en el poder absoluto del Príncipe y su forma de gobierno fue una aristocracia sin otra limitación que el sometimiento del Emir a los preceptos de la ley divina, que en el Islam son a la vez preceptos jurídicos. El Emir o Califa era, pues, en al-Andalus el centro de toda la estructura del Estado y en el residía la plenitud del poder político, siendo el Príncipe cabeza del Estado, el juez supremo y la única, suprema e infalible autoridad, la cual podía delegar parcialmente y de hecho delegaba para el ejercicio efectivo de su potestad en dignatarios y oficiales, que sólo ante el Emir eran responsables de su gestión. De ahí que, en cuanto emanación de la suprema autoridad del Emir o Califa, la organización político-administrativa de al-Andalus se fundamentase en la más rígida centralización de todos los servicios de la Administración pública.

A partir de la instauración del Califato, los Califas cordobeses, al modo de los Emperadores bizantinos, cuidaron de aparecer como seres mayestáticos e inaccesibles para la mayoría de sus súbditos, separados de estos por la rigidez de una etiqueta cortesana que situaba al Califa en medio de la suntuosidad y esplendor en que se manifestaba exteriormente su soberanía.

Títulos del soberano eran en el Califato cordobés los de Emir, Rey, Califa, Iman y Príncipe de los Creyentes, así como un apelativo honorífico o laqab; símbolos de su poder y majestad fueron el sello (jattam), que era un anillo de oro que llevaba grabada la divisa de Príncipe; el trono (sarir) en que se sentaba y el cetro o báculo de bambú con el extremo curvo (jaizuran). La persona del Califa inspiraba un temor respetuoso (hayba) y a sus audiencias solamente tenían acceso unos cuantos privilegiados de alto rango que formaban parte de su intimidad palaciega (jassa).

En el Estado cordobés, y también posteriormente en los Reinos de Taifas, la forma de sucesión al trono era la hereditaria, sin otra regla sucesoria que la de la costumbre de proclamar el nuevo Príncipe entre los miembros de la familia real reinante y preferentemente entre los hijos o hermanos del Emir, quien podía designar en vida a su sucesor, haciéndole reconocer y jurar como su heredero presunto (waily al.ahd), pero de hecho en algunas ocasiones fueron los grandes dignatarios de la Corte quienes aclamaron por Príncipe al elegido por ellos. A la proclamación del Emir o Califa seguía inmediatamente la solemne ceremonia de la prestación del juramento de fidelidad y obediencia (bay’a) al nuevo Príncipe por parte de los grandes de la aristocracia palatina ciudades del país, diversos magistrados delegados del Emir recién proclamado recibían, en nombre del mismo, el homenaje de sumisión y obediencia de la masa popular o amma, reunida al efecto en las mezquitas.


2.- La administración central.


El Islam inspiró su constitución política en las instituciones de Bizancio y de la Persia de los Sasánidas y fueron, sobre todo, los Califas omeyas de Damasco quienes constituyeron un Estado islámico y promovieron el desarrollo de una Administración pública que los primeros Califas electivos no habían hecho más que esbozar. Los fundamentos de esa administración organizada por los Omeyas fueron, entre otros, la creación de unos servicios centrales de coordinación de los recursos del fisco musulmán, que copiaron de los persas y a los que dieron el nombre de Diwan (reunión, consejo o registro); y el establecimiento de delegados del Califa en los principales países islámicos.

El gran organizador del Estado y de la Administración de al-Andalus fue, en la primera mitad del siglo IX, el Emir Abd al-Rahman II, quien, como ha mostrado Lévy-Provençal, consciente de que los Califas abasíes del Iraq, sucesores de los Omeyas sirios, habían sabido dotar al Islam oriental de una organización político-administrativa muy perfeccionada, no dudó en adaptarla a su Estado, reorganizando su antigua estructura según el modelo que aquella le ofrecía.

En la estructura político-administrativa del Califato abasí se instituyeron nuevos organismos y oficiales públicos, que actuaban por delegación del poder supremo del Califa, como el Visir (Wazir) o representante del Príncipe, y el nombre de Diwan amplió su sentido y designó toda la Administración.


La Secretaría de Estado y el Diwan


En la constitución político-administrativa del Estado cordobés, tal como quedó organizado por Abd al-Rahman II, todos los servicios de la Administración pública (Diwan) estaban centralizados en la Corte del Emir y los dos grandes organismos del Estado eran en Córdoba la Cancillería o Secretaría de Estado (Kitaba), depositaria del sello del Emir con el que se legitimaban y autentificaban las cartas y mandatos escritos, y la dirección general de la Hacienda (Diwan al-jizana), encargada de llevar las cuentas de los ingresos y gastos del Estado en registros especiales.


El Hayib


En el Estado cordobés, los cargos administrativos y judiciales (jutta) se ordenaban en una rigurosa jerarquía de las magistraturas del gobierno (maratib al-jutat) y a la cabeza de la misma se encontraban los dignatarios que llevaban el título de Wazir o Visir, que en al-Andalus designó a los consejeros y colaboradores del Príncipe. Pero el primer lugar en la jerarquía de la jutta correspondía a uno de esos Visires, el “más próximo” (al-aqrab) al Príncipe, llamado Hachib, nombre que se aplicó a una especie de primer ministro, a un lugarteniente del Príncipe en quien este delegaba su potestad temporal y que, supliendo al Emir en el ejercicio efectivo de sus potestades, se encontraba al frente de todos los servicios de la Corte, de la Administración central y provincial y del Ejército.

La dignidad del Hachib no siempre tuvo un titular en el Estado cordobés y el Emir Abd Allah (888-912) suprimió el cargo, que solo por algún tiempo fue restablecido por Abd al-Rahman III (912-961), siendo al-Hakam II (961-976) quien reanudó el uso de designar un Hachib o delegado de la potestad civil del Príncipe, abriendo con ello el camino a la dictadura de Hachib Ibn Abí Amir, quien, durante el reinado de Hisham II (976-1009), suplantó la autoridad del Califa hasta el punto de adoptar, como un verdadero soberano, el sobrenombre de laqab de al-Mansur o “Almanzor” y de hacerse llamar “noble Rey” (Malik Karim).


Los visires


El segundo lugar de la jutta, después del Hachib, correspondía en el Estado cordobés a los demás Visires del Príncipe, pero, a partir de Abd al-Rahman III, el título de Visir no implicaba en al-Andalus, como en el Califato abasí, una representación del Califa que asumía una delegación de este sus poderes civiles, en cuanto esa representación recaía en Córdoba en el Hachib, sino únicamente un grado jerárquico en la Administración del Estado y el disfrute de una dotación económica superior a las que se atribuían a los demás dignatarios, de tal manera que el título de Visir no llevaba necesariamente adscrito al mismo el ejercicio de cargo alguno.


3.- La organización provincial


Coras e Iqlims


A partir de la conquista de la Península por los musulmanes, la España islámica quedó dividida para la administración de su territorio en distritos administrativos de diversa extensión y esta división del país en circunscripciones regidas por un gobernador parece que fue instaurada en el periodo en que la España musulmana era una provincia del Imperio de los Califas de Damasco (711-756), siendo los primeros Valíes de al-Andalus quienes organizaron ya un régimen administrativo de carácter civil para el gobierno de la mayor parte del territorio, si bien las zonas fronterizas constituyeron demarcaciones de carácter militar. Este régimen administrativo provincial de la España islámica parece que fue una adaptación de la antigua división territorial del Estado hispanogodo, la cual subsistió en al-Andalus más o menos alterada, dividiéndose el país en circunscripciones administrativas que los musulmanes designaron con el nombre de kura (plural kuwar) o “Cora”, término tomado por los árabes del griego, y en grandes regiones fronterizas de carácter militar o “Fronteras” (thugur), que eran zonas de guerra de límites variables. Las “Coras” se subdividían en pequeños distritos a los que se dio la denominación de iqlim (clima) cuyo conjunto fue llamado a veces al-hawz o “alfoz”. Esta división administrativa del territorio de al-Andalus perduró inalterada al constituirse en el 929 el Califato, gobernadas las “Coras” y “Fronteras” por un Valí o gobernador.


Las “marcas o Augur


Las circunscripciones de las tierras fronterizas fueron tres: la “Frontera Superior”, integrada por los países fronterizos de la cuenca del Ebro; la “Frontera Media”, que abarcaba la zona fronteriza del alto Valle del Duero; y la “Frontera Inferior”, que se extendía por las tierras del norte y noroeste de la Sierra de Gata hasta el Atlántico.


4.- Los recursos del Estado.


En la España musulmana, la organización financiera del Estado, integrada en el Diwan o conjunto de los servicios de la Administración pública, estaba centralizada en la dirección general de la Hacienda (Diwan al-jizana), organismo o servicio de la Corte del Príncipe cuya dirección era confiada por aquel a un Visir que asumía la función de un Secretario de Estado encargado de la Hacienda.


Los impuestos


Los recursos de la Hacienda pública, designados genéricamente en al-Andalus con el nombre de chibaya, procedían en la España musulmana, como en todo el mundo islámico, de los impuestos legales, que eran aquellos que la ley revelada impone a todo musulmán y también los tributos que debían satisfacer los dhimmíes, cristianos y judíos, que en cuanto tales eran tributarios del Islam. A estos impuestos se añadían las contribuciones no legales que imponían los Príncipes con carácter extraordinario o accidental y los ingresos derivados del quinto del botín de guerra o jums, de las herencias vacantes (mawarith hashriyya) y de los monopolios del Príncipe, como la acuñación de moneda y la fabricación de telas preciosas (tiraz) en los talleres palatinos. El impuesto legal que debía pagar todo musulmán en concepto de limosna (sadaqa) implicaba la cesión a la comunidad islámica de un diezmo (zakat) de los bienes muebles e inmuebles del contribuyente, como, por ejemplo, la décima parte de las cosechas de sus tierras, o de sus ganados, o de sus mercancías. Impuestos legales eran asimismo los previstos por la ley revelada para los dhimmíes tributarios del Islam, los cuales debían satisfacer a la comunidad de los creyentes una capitación personal (chizya) y un tributo territorio (jarach), cuyo importe se fijaba anualmente y que se pagaba por la posesión de las tierras que los dhimmies cultivaban como meros poseedores, si bien más tarde lo debían también aunque se hubiesen convertido al islamismo y fuesen propietarios de sus campos.


Tesoro Público y Tesoro del Príncipe


En la España musulmana se distinguió entre el Tesoro Público y el Tesoro particular del Príncipe (jassiyat bait al-mal), integrado este por el patrimonio del soberano en cuanto tal (fincas, etc.) por las rentas que dicho patrimonio producía y por los ingresos procedentes de los impuestos cuyo rendimiento se asignaba al tesoro del Príncipe.


El Tesoro de la Comunidad


Distinto del Tesoro público y del Tesoro privado del Príncipe era el tesoro de la comunidad (bait al-mal, bait mal al-muslimim), administrado por el gran Cadí y formado por fondos que procedían de fundaciones piadosas, cuyos bienes eran inalienables (waqf) y el rendimiento económico de los cuales se destinaba a los servicios de las mezquitas, a la beneficencia y a la construcción de edificios de utilidad pública.


5.- La administración de justicia.


Los qadíes


La función de administrar justicia (en árabe quda) fue en la España musulmana, como en todo el Islam, una atribución del Príncipe, en cuanto este era el Juez de la comunidad de creyentes sometida a su soberanía. Pero el Príncipe delegaba su función judicial en un Cadí o juez de la comunidad (qadí al-cham’a), que juzgaba en nombre y por delegación de aquel y que a vece fue llamado en al-Andalus desde principios del siglo XI, como en el Califato abasí, “Cadí de los Cadíes” (qadí al-qudat). Este juez de la comunidad o gran Cadí era en el Estado cordobés el Cadí de Córdoba, quien delegaba a su vez su función judicial en otros jueces o cadíes que asumían la administración de justicia de cada uno de los distritos administrativos del territorio del Estado, si bien en la práctica fue el Emir o Califa quien nombró en al-Andalus a los jueces provinciales que ejercían su función de juzgar en las capitales de las “Coras “ y “Fronteras”.

Al Cadí de la comunidad y a los Cadíes provinciales les asistía con sus consejos una Curia de alfaquíes (shura), integrada por dos o por cuatro jurisconsultos (mufti).


El “Señor de las Injusticias”


En la organización judicial de la España musulmana no solo había la jurisdicción de los Cadíes, sino también otras jurisdicciones. Así, en el Islam se da el nombre de mazalim a toda violación de los derechos de un persona y a los perjuicios que esa violación puede ocasionar al individuo y, para entender en los casos en que habían sido quebrantados tales derechos, los Príncipes hispanomusulmanes designaban un magistrado especial llamado Sabih al-mazalim o “Señor de las injusticias”. Magistrado que, por delegación del Príncipe, entendía y fallaba en las cuestiones promovidas por las quejas o querellas interpuestas ante él por los particulares que se estimaban despojados o perjudicados como consecuencia de los actos contrarios al derecho y de los abusos de poder de los oficiales públicos.